Tras una semana convulsa en nuestro país, políticamente hablando –con mociones de censura, convocatorias de elecciones y acusaciones de transfuguismo– y cuando pensábamos que los y las gandienses solo tendríamos que pensar en qué regalo hacemos el Día del Padre, nos sorprende “el niño en el bautizo”, “el santo en la procesión”, “el condimento de todas las salsas”. Don Arturo Torró.
Resulta que dice que lleva dos años recabando información sobre la liquidación de IPG –la empresa pública de Gandia, que convirtió durante su mandato en la cueva de Alí Babá– y, seis años después, denuncia por prevaricación y malversación de caudales públicos a la alcaldesa, gobierno, consejo de administración, liquidadores, interventor municipal, etc. y hasta a un señor que pasaba por allí –incluidos compañeros de partido que, supongo, poca gracia les hará esta actuación a la desesperada para intentar tapar sus desmanes–.
Supongo que a nadie le gustaría estar en su pellejo, aunque compañeros suyos lo acompañan en diversas causas y ahora pensarán que con quien se estaban juntando. Pero, claro, si te ofrecen el oro y el moro –depende de que personas y situaciones– debe de tentar mucho. Lo bueno que tiene nuestra ciudad es que es como un pueblo. Todos nos conocemos, y hay mucha gente que salió escaldada de sus fauces.
Lo cierto es que su futuro se presenta complicado, a la espera de otra sentencia sobre las trasferencias de IPG a una empresa privada de comunicación de la que ya han tenido que devolver casi 600.000 euros y ven en el horizonte la devolución de alrededor de 7 millones de euros. También está inmerso en la trama Púnica en la que ha arrastrado al que venía a ser su sucesor y que, al estar a su lado, lo más probable es que haya acabado con su carrera política.
De momento, ya es el centro de atención y ha puesto el foco en sus causas pendientes –habría mucha gente que esto no lo sabía–. Pero igual la jugada no le ha salido tan bien como él creía. Por ello, se trata de una actuación de distracción o de presión para intentar condicionar las peticiones judiciales de hasta ocho años de prisión y la devolución de unos 7 millones de euros.
Un amigo mío ya ha dicho por las redes que no le desea el mal a nadie, y yo me uno a esa reflexión. Pero tal y como se le presenta el panorama–que hasta el mismo Torró es consciente–, no creo que la justicia piense lo mismo.
Decía en su rueda de prensa que “solo le temo a Dios y a la muerte”. Témale también a la justicia que, aunque lenta, el tiempo pone a cada uno en su sitio.