Padre e hijo llegan puntuales a la cita. Un café distendido en la Plaza Prado para que nos cuenten las anécdotas de más de 40 años enseñando matemáticas en el Instituto Mª Enríquez de Gandia. Por sus clases han pasado cientos de alumnos que los recuerdan como ‘los profes que hacían gustar los números’.
Los padres de Emili Morant eran agricultores y tenían claro que no querían que su hijo trabajara en la tierra. No había dinero para ir a un colegio privado y tuvo que hacer un examen de ingreso para ir al instituto. «No se cómo comenzaron a gustarme las matemáticas pero supongo que el gusanillo se lo debo a mi profesor Benito Orihuel», aclara con una sonrisa.
Acabado en instituto1968, nuevamente sus padres se replantean qué hacer para que Emili continuara estudiando. Era poco menos que un lujo. Justamente ese año salieron las primeras “Becas Salarios” del Ministerio de Educación y de Ministerio de Trabajo. «Entonces las economías familiares eran muy malas y generalmente los padres ponían a trabajar a sus hijos para que ayudaran. Para evitarlo y conseguir que los adolescentes siguieran estudiando, se les pagaba a los padres un sueldo de manera que sus hijos pudieran siguieran estudiando».
Una ayuda que en la época era suficiente para cubrir el transporte, los libros, el matarial… Y fue así como Emili consiguió entrar en la Universidad en octubre del 68. «Veníamos de la revolución del Mayo Francés y los estudiantes estábamos todos alborotados. Fue impresionante para mí, que salía de Almoines, ver ese ambiente, cómo los estudiantes estaban involucrados políticamente y en ese entorno estudié la Licenciatura de Matemáticas”.
Pero por edad tuvo que entrar a las milicias universitarias y se fue a Madrid, a la Escuela de Artillería en Fuencarral, donde estuvo tres meses, y después le destinaron a Manises. Allí acabó las prácticas trabajando por las tardes en un Instituto. De esa época recuerda muchas historias. Entre ellas, que el día que asesinaron a Carrero Blanco “yo terminaba la mili y vestidos de militares nos dejaron salir del cuartel para comprar los regalos que llevaríamos a casa. Toda la gente nos paraba y nos preguntaba por qué no estábamos acuartelados. El día del entierro yo cogía el tren a Valencia para volver a casa donde me esperaba preocupada mi madre”.
COMIENZA A TRABAJAR
Acabada la carrera estuvo ejerciendo 4 años de interino en un Instituto de Alzira. Aprobó las oposiciones y entonces llegó al Mª Enríquez, que por aquel entonces aún se llamaba Instituto Francisco Franco. Sólo estuvo un año pero sabía que quería volver, así que durante cinco años estuvo ejerciendo en Tavernes, sumando méritos para pedir un traslado y finalmente regresó a Gandia, donde ejerció durante 30 años hasta el día de su jubilación.
Por sus aulas han pasado infinidad de alumnos, y no en pocos dejó una huella grande. Ha sido un profesor muy querido tanto por estudiantes como por sus compañeros de profesión que lo califican como una persona entrañable, un gran profesor siempre dispuesto a ayudar.
PROFESOR TAMBIÉN EN ESCOLA PIA
Y no sólo del ‘Nuevo’. El padre Faus le buscó para impartir clases en l’Escola Pia, donde tenían los 3 cursos de BUP y debían continuar con el COU. «La primera hora siempre daba clases ahí y luego pasaba al Mª Enriquez». Por ello, más del 60% de los alumnos de Gandia han pasado por sus aulas. Y la mitad de los ingenieros o arquitectos de Gandia lo han tenido de profesor.
EL HIJO OBTIENE LA PLAZA DEL PADRE
Se jubiló al tiempo que una compañera de departamento, y dos plazas quedaron vacantes. Su hijo había aprobado las oposiciones como profesor de matemáticas, y trabajaba desde hacía dos años en Altea. A la salida de su padre, solicitó el traslado y, curiosidades de la vida, se la concedieron y Emili hijo sucedió al padre. “Nunca sabremos si fue la mía o la de mi compañera, pero a mis efectos ha heredado mi plaza”, dice entre risas y con gran satisfacción el progenitor.
De hecho, Emili hijo recuerda que él contaba como anécdota: “He heredado la plaza de mi padre». «Hasta que me di cuenta de que algunas personas se lo creían y pensaban que no había sido por méritos propios y un concurso de traslados». Pero en la familia siempre ha continuado la mofa de “esto es una monarquía, una dinastía, ha heredado el cargo de su padre”. Digno heredero sí es, al menos del afán por dejarse la piel para que a sus alumnos les gusten las matemáticas.
LA VOCACIÓN EMILI HIJO
“En mi casa nadie me orientó o presionó para continuar con las matemáticas. Empezaron a gustarme cuando ví que eran difíciles y suponían un reto. Era muy distinta mi situación a la de mi padre. En mi caso tenía acceso a la cultura en general, libros, música, cine…”.
“Manolo Marqués fue mi profesor los dos últimos cursos y fue cuando descubrí definitivamente que si es muy difícil, pero lo sabes hacer, todo encaja. Ahí fue cuando me decidí por las matemáticas”.
Podría haber sido lo que se propusiera. Académicamente fue un alumno brillante, y así lo corroboran sus compañeros de clase y profesores. Su padre cuenta con satisfacción que su hijo ganó el Premio Extraordinario de Bachiller, «era un alumno excelente. Como anécdota puedo decir que el premio lo obtuvo el mismo año que Eduardo Zaplana ganó las elecciones y fue él quien se lo entregó en el Palau de la Generalitat».
LAS DUDAS
Pero el momento previo a tomar la decisión de hacia dónde encarar el futuro fueron, como en la mayoría de los casos, dudosos. «No sabía si ser músico, profesor de conservatorio o de matemáticas». Se decantó por lo segundo y con esa decisión Gandia ganó un gran educador.
Se licenció en Matemáticas y fue el número 1 de su promoción. “Me gustaba estudiar de todo y recuerdo que habían compañeros que me preguntaban ‘por qué estudias tanto latín?’ y les contestaba ‘es que el año que viene no voy a poder, porque estudiaré el bachillerato de Ciencias” (risas).
LAS BECAS
Emili padre estudió matemáticas gracias a un beca salario y Emili hijo vivió durante cuatro años en una de las instituciones universitarias más prestigiosas de Valencia, el colegio San Juan de Ribera en Burjassot, también gracias a una subvención. “Éramos unos 15 alumnos que vivíamos gratis en un castillo medieval. Fue una experiencia universitaria única”. Todos los que vivían allí eran Matrícula de Honor. Emili recuerda que quien dormía en la habitación contigua a la suya, «era el mejor alumno de matemáticas de España de su promoción y jugábamos juntos a las cartas».
Ansia pura de aprendizaje. Le preguntaba a su padre si se podía hacer el bachillerato más de una vez porque había asignaturas que no había estudiando. Era tan grande las ganas de aprender, que pocos meses después de terminar la carrera de Matemáticas comenzó a estudiar la licenciatura en Humanidades. De hecho, también es máster en Sociología y en Cultura Contemporánea.
LOS TRABAJOS
Y la vida seguía. En 2000, justo antes de acabar los estudios, «me llamaron por teléfono para participar en un proceso de selección de una empresa importante de Barcelona. Me contrataron por un sueldo que casi cuadriplicaba lo que hubiera conseguido en la enseñanza». Había terminado su último examen un martes y el lunes ya estaba trabajando. “En la oficina me pedían el título y yo les decía que aún no sabía ni la nota del último examen” (ríen).
Después de tres años en Cataluña, le ofrecieron un ascenso y un traslado a Helsinki o Singapur, porque la empresa era una multinacional en expansión. Y ese fue el punto de inflexión: “Soy muy de pueblo, no me gustan las grandes ciudades para vivir y decidí volver a Gandia para trabajar en la empresa de tratamiento de datos y soluciones informáticas, ODEC”.
Allí estuvo otros cinco años hasta que decidió opositar a profesor de matemáticas. «Hacía 10 años que no abría un libro y en 2009 me convertí en funcionario». Justo con la crisis, cuando la puerta se cerraba tras él, pare e hijo estaban en activo. «Mientras mi padre preparaba alumnos para ir a la universidad, yo hacía lo posible para que chavales de 12 años volviesen a clase al día siguiente, porque allí estaban mejor que en la calle”.
EL CAMBIO DE LA EDUCACIÓN
Padre e hijo se ríen porque cada vez que Emili hijo decidía cambiar de trabajo perdía dinero, pero ambos tienen claro que la enseñanza es su vocación. La educación ha cambiado bastante desde que uno y otro entraron a dar clases. «Ahora hay más alumnos en los institutos y más diferencias de nivel», dicen.
Emili padre ha vivido grandes cambios a lo largo de toda su carrera. En la primera generación, existía el Bachillerato y para acceder a él había que conseguir primero el graduado escolar. Quien no lo aprobaba, se iba a FP. Con la ESO, todo cambió. “Antes el respeto por el profesor era absoluto y acostumbrarnos de golpe a que nos tutearan o no atendieran en clase fue muy duro. Antes, quien no quería estudiar se ponía a trabajar. Ahora hay alumnos que no quieren estudiar y terminan por contaminar la clase. En un curso de 30 ó 40 alumnos tener tres que van a jugar es un problema”.
Para el hijo el punto de vista es distinto. “Mi padre ha vivido el cambio pero para mí es lo normal. Yo asumo que si entro en una clase con 25 alumnos, hay gente brillante y otros que, si logro que no me molesten mucho, se convierte en un éxito”.
En lo que coinciden ambos es que para enseñar en estos momentos el profesor debe hacer un esfuerzo brutal, “no solo porque hay que gritar más para que te escuchen, debes hacer teatro o bailar, lo que haga falta para captar su atención. Es una lástima que hay gente que no quiere estudiar y se van perdiendo por el camino». El padre añade: “En mi tiempo, del instituto salían las mejores notas y fueron luego grandes profesionales. Pero los últimos años de ejercer, fue muy chocante tener alumnos que no querían hacer nada. Eso generó que muchos de mis compañeros se jubilaran porque la situación era insostenible, en algunos casos, debido a la falta de respeto”.
OTRA FACETA
A la faceta académica del hijo, se suman otras muchas, incluida la política. Casi por casualidad a Emili hijo le surgió la oportunidad de apoyar a su partido y trabajó una temporada de asesor en el Área Económica en el Ayuntamiento de Gandia. “Estoy contento de haber vivido esa experiencia, pero no me atrae la política y no pensé en continuar”.
Y de la política, a la cultura y la literatura. Entró como conseller del CEIC Alfons el Vell, “era un honor para mí y no podía rechazar la propuesta». Pero poco después, tras la dimisión de la directora, acabó asumiendo el cargo hace ahora ocho meses.
Su objetivo es llegar al 40º aniversario de la institución, que se conmemora en 2024, habiendo normalizado las actividades, con una estructura más estable de la actual, con más actos y más publicaciones de libros “y si puedo, -agrega- hacer un gran homenaje a toda la gente que lo puso en marcha, porque mi lectura del CEIC es muy generacional. La cultura en Gandia, después de la transición, se la debemos a un puñado de personas que tienen más de 60 años, que siguen activas y alguna retrospectiva se merecen”.
RECUERDOS
Emili padre ha dejado un gran recuerdo entre alumnos y compañeros. A ellos les decía: “Pedirme lo que sea, que intentaré ayudar en todo lo que esté en mi mano”. No tenía prisas por jubilarse y fue de hecho el último de su edad. Ahora, en su Almoines natal, ejerce de abuelo excelente y mantiene la pasión por el cine que le llevó a crear un cine club. “Creo que he sido un privilegiado de la vida, tengo una hermosa familia y me he dedicado a lo que me gustaba. Si volviera a nacer, volvería a ser profesor. He sido feliz”.
Siente orgullo de sus hijos, y a su sucesor (laboral) siempre le han destacado lo mucho que se le parece, “hasta escribes en la pizarra igual que tu padre”, le dicen sus amigos. Actualmente, un tercer Emili parece empezar a demostrar gusto por los números.
Resulta difícil no creerlo siendo una familia de matemáticos. Y es que el hermano de Emili, Jesús, también fue profesor en el colegio Las Colinas. Son tan parecidos que la gente llega a confundirlos. “He tenido tantos alumnos que no llego a recordar el nombre de todos, pero algunos me paran por la calle y me cuentan anécdotas”. Toda una vida formando alumnos y personas y dejando una huella que ahora su hijo también aspira a conseguir.