‘Maribel’

Mi amigo Andrés Escrivá decía muchas veces, hablando de la situación de este país, que “la meua Maribel no té apanyo”. Y es verdad, ya han pasado años desde que Andrés no está y “la nostra Maribel” continúa igual: NO TÉ APANYO.

 

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Hace un año y unos días que, debido a la pandemia, comenzó para todos nosotros lo que dieron en llamar “nueva normalidad” y que a algunos nos sonó raro porque si era nuevo no podía ser normal. Hubiera quedado mejor si nos hubieran dicho: “¡ahora sabréis lo que es bueno!”.

 

No voy a frivolizar con algo tan grave como este virus que se ha llevado tantas vidas y ha destrozado muchas otras; precisamente porque me tomo muy en serio la pandemia y sus consecuencias, la muertes, la soledad de hombres y mujeres enfermos, la perdida de trabajo de muchas personas jóvenes y no tan jóvenes, los niños que no juegan libremente en la calle (esto no es ninguna tontería), el confinamiento en pisos pequeños con la tensión que eso puede generar, las madres, sí, las madres que han teletrabajado mientras preparaban la merienda de los hijos y la falta de contacto social nos va a dejar marcas.

 

Y miedo, siempre el miedo que es tan rentable para los que nos quieren frágiles. Esas son las secuelas que van a quedar con nosotros y que sentimos en el día a día pero hay otras que no percibimos ahora y que condicionaran nuestro futuro.

 

Los dirigentes políticos nos dicen que empieza a verse la luz al final del tunel pero mucho me temo que al salir del túnel pandémico vamos a entrar en otro más largo, más oscuro y de dudosa salida. Desde el 14 de marzo del 2020, día en que nos confinaron y aprovechando que estábamos preocupados, perplejos y asustados, han ido instalando cambios en nuestros hábitos y, lo que es peor, las reformas de leyes que muchos consideramos injustas han quedado en barbecho.

 

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Ahora que salimos del túnel con la fatiga pandémica a cuestas nos espera una nueva ley de alquileres que no limita los precios, nos sigue esperando la Ley de Protección de Seguridad Ciudadana (Ley Mordaza para los amigos) y la “reforma” de la reforma laboral, las comisiones que los bancos nos cobran por todo, que aunque no hayan aumentado en cantidad, sí que han aumentado los conceptos por los que nos cobran, pero sobre todo ha aumentado el desconcierto político. Mociones de censura, corrupción, transfuguismo y radicalización estan adueñandose del mapa y la crispación va creciendo.

 

Cuando la mariposa movió las alas en Murcia, la señora Ayuso aprovechó el aleteo y convocó elecciones en Madrid poniendo a prueba nuestra capacidad de sorpresa y en unas horas Pablo Iglesias renunció a la vicepresidencia. Nos olvidamos de Murcia y nos centramos todos en Madrid porque ha pasado como con la borrasca Filomena: SÓLO NIEVA EN MADRID.

 

Mientras tanto lo que ahora llaman ciudadanía, (palabra que odio porque cuanto más amplio es el concepto que me define más pequeña me siento) anda descentrada y sin capacidad de reacción; aun no nos hemos repuesto de una cosa y ya tenemos otra esperando y así es imposible que demos pie con bola. Oír o ver los informativos se está convirtiendo en un deporte de riesgo.

 

Durante este año de restricciones y confinamiento ha habido tres convocatorias electorales y la que nos espera el día cuatro de mayo que, sin duda, va a ser la “madre de todos los comicios”; la izquierda se presentará por separado, la derecha aparentará presentarse también por separado, y la señora Ayuso, aunque esté en la derecha, irá por libre. O sea, hará lo que le salga de la peineta que es lo que ha hecho siempre, puede inaugurar otro hospital, cerrar el nuevo o privatizar los que ahora son públicos (esta opción puede que sea la más probable).

 

Y mientras tanto la violencia de género sigue golpeando y el país se preocupa cuando lo cuenta Rociito. ¡Así nos va!.

 

Cuando hace un mes la gente salió a la calle reclamando libertad de expresión pensé que el virus no nos había dormido del todo y aunque no apruebo ningún tipo de violencia venga de donde venga y la empiece quien la empiece, algo me llevó a pensar que la Ley Mordaza podría derogarse, pero no, solo fue un espejismo porque aquí nos acordamos de Santa Barbara cuando truena. No solo hay que protestar cuando un hecho concreto nos lleva a ello, hay que seguir exigiendo de la manera que podamos que se deroguen leyes que van contra la libertad y la dignidad de las personas, pero, claro, con tanto follón político y pendientes de que nos vacunen no estamos para mucho más, no nos da para pensar en la enfermedad y solo podemos ocuparnos de los síntomas.

 

Por otra parte, nada que la historia no nos haya contado: aprovechar o crear una gran crisis y en medio del temor y la confusión y el desconcierto dar una vuelta de tuerca al sistema y precarizar aun más a los que ya ahora viven en la fragilidad.

 

No sé si saldremos del túnel, o nos acostumbraremos a vivir en él, pero a mi edad encontrara el hueco por donde ver la luz en los abrazos y los afectos de mis hijos y mis nietos. Cuando decaigo miro los dibujos de mis nietos y mi nieta, aquellos que hicieron los niños en el primer confinamiento, los que en un arco de muchos colores ponia TOT ANIRA BÉ. Niñas y niños que se adaptaron como nadie a las mascarillas, al distanciamiento social de sus amigos y amigas del parque o el colegio, a tener libertad de “movimientos vigilados” y a ser la primera generación que vivirá bajo el control de una QR o de una geolocalización han sido, a pesar de todo, capaces de transmitirnos esperanza y normalidad en lugar de confusión y tristeza.

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