Inventemos juntos la esperanza

 

 

Llueve. Es una mañana triste y gris. Sólo se escucha el silencio.

Me faltan las risas de los niños en el colegio cercano, el ruido de los coches, el bullicio de las gentes.

Hasta el ascensor ha enmudecido. Y la ausencia de su ronroneo periódico señala la dureza del confinamiento.

He tardado en asimilar que esto es real. Me recordaba demasiado a las novelas distópicas que siempre consideré exageradas. Aún recuerdo cómo veía incrédula las imágenes del confinamiento en China.

Nadie, ni los que ahora van de “profetas del pasado”, imaginaba esto. Nadie, ni los que ahora dicen que las medidas son tímidas, propuso nunca medida alguna. Nadie.

Todos, repito, todos, minusvaloramos el peligro. Recordábamos el alarmismo de la gripe A y el SARS y cómo se controló la pandemia.

Estábamos enfermos de soberbia. Nos creíamos inmunes. Navegábamos desafiantes en aguas turbulentas y comprábamos boletos de un sorteo siniestro en el que la vida peligraba.

Y despreciábamos, inconscientes e ignorantes, las ayudas imprescindibles para la investigación científica. La ciencia será la que encuentre un remedio. Y debe hacerlo en condiciones precarias. El dinero solo sirve ahora para ser los más ricos del cementerio.

Un virus invisible, contagiosísimo, sigiloso y amenazante en su silencio ha dado la vuelta al mundo. Mata ciega y cruelmente, cierra fronteras, tumba economías… Y lo que es más terrible, convierte el futuro de los que queden vivos en un inmenso interrogante.

El virus nos ha hecho vulnerables de repente. A todos, pobres y ricos. Anónimos y famosos. Hombres y mujeres. Jóvenes y ancianos. Progresistas y reaccionarios. Jefes y empleados.

Ha hecho antiguo el mundo hipertecnificado del siglo XXI. Y se vuelve actual el poder igualatorio de la muerte que cantaba Jorge Manrique y que, a menudo, olvidamos:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu’es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.

 

Y reaccionamos como siempre, replegándonos. Amedrentados, angustiados, desesperados, desconcertados… Como en las pestes antiguas. Así lo escribía Camus en su estremecedora novela La peste.

Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina.

La mayor crueldad en épocas de peste -como lo es en esta- es la soledad, la lejanía del ser querido, la imposibilidad del abrazo. Nos quedamos sin lo que más nos consuela, el contacto humano:

Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados, incapaces de reaccionar contra el recuerdo de esta presencia todavía tan próxima y ya tan lejana que ocupaba ahora nuestros días. (…) Era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria.

Y, como la naturaleza humana es mezquina, también buscamos chivos expiatorios que conjuren la amenaza.

 

Así lo explica Santiago Alba Rico:

En los tiempos del coronavirus el mundo se vuelve familiar y antiguo. Cada vez que un pueblo ha tenido que afrontar una amenaza colectiva ha buscado un cuerpo concreto al que atribuir la responsabilidad y en el que localizar el remedio. Es el chivo expiatorio, al que los griegos llamaban pharmakos (de donde nuestra “farmacia”), una víctima escogida al azar en la que se depositaba toda la complejidad de la crisis y cuyo sacrificio o expulsión de la ciudad liberaba a los hombres de todos los peligros. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, dice nuestro refranero.

Navegamos aguas turbulentas en un frágil barco. Lo razonable es remar todos en la misma dirección. Lo razonable es confiar en el piloto de la nave y no atacarlo. Lo leal es ayudar juntos a llegar a la orilla de la solución.

No parece sensato meter el dedo en el ojo de quien guía. No parece rentable restar fuerzas a quien debe tirar de la nave.

No es humano desconfiar de todo y de todos. No es inteligente tirar del carro en varias direcciones.

¿Quién sabía lo que ahora sabemos? ¿Quién intuía siquiera el peligro? ¿Quién propuso medidas hace un mes?

Solo llegaremos a ver la luz con unión, solidaridad y cooperación. Sólo saldremos de esta unidos y sin fisuras.

Tiempo habrá, cuando tengamos a salvo nuestras vidas y nuestra salud no esté amenazada, de analizar, enmendar errores, criticar recortes en sanidad, privatizaciones. Decisiones más o menos adecuadas.

Ahora es la hora de la generosidad. El momento de sacar de nosotros lo mejor y no lo peor, que sale siempre azuzado por el miedo.

Es hora de repensarnos. De reconsiderar nuestras vidas. De analizar qué es y qué no es importante. De usar nuestras armas intelectuales para, en nuestra reclusión obligada, cultivarnos. Leer y aprender de quienes vivieron tiempos oscuros.

[Img #12086]

 

 

Esas personas especiales que poseen una fuerza sobrehumana para superar lo imposible. Que nunca se doblegan y que dejan huella imborrable, incluso en sus verdugos. Que tienen una especie de luz.

Ellos nos enseñan que se pueden superar todas las dificultades. Y, lo que es más importante, que la dignidad, la solidaridad y la esperanza de las personas no pueden ser sometidas.

Porque las contrariedades nos hacen fuertes. Nos hacen humanos por imperfectos.

No me gustan los “perfectos”. Me recuerdan demasiado a los autómatas sin alma. Desalmados: gráfica y descriptiva palabra. Seres que carecen de alma.

 

Como escribe la narradora Andrea Dworkin:

No tengo paciencia con los que no han sido desgarrados, los que no han atravesado malos tiempos, no se han venido abajo, ni se han hecho pedazos y recompuesto luego con toscas costuras y burdas cicatrices, nada bonitas. Y entonces, algo destella.

Pero esos, todos lustrosos por fuera, meneando el trasero, a decir verdad, no me gustan. En absoluto.

Hoy todos estamos desgarrados. Se trata de recoger los pedazos y recomponernos. Se trata de aprovechar la ocasión para rehacernos y que esas cicatrices sirvan para hacernos mejores.

[Img #12082]

Igor Morski

Este maldito virus lo cambiará todo y nos cambiará a todos. Ojalá sea para bien. De nosotros y solo de nosotros depende. Porque saldremos de esta.

El ser humano necesita esperanza. No podemos cegarla. Hay que dosificar la resistencia. Y eso se logra con metas cortas. Preparados para lo que venga. Pero poco a poco lo iremos soportando mejor. Lúcidos y esperanzados seremos más fuertes.

En palabras de Albert Camus: “Donde no hay esperanza, debemos inventarla”.

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