(A quienes han mantenido vivos los sueños y nos los han transmitido.)
Este 14 de abril se cumplen 90 años del amanecer de un sueño colectivo que también fue cultural: la II República a la que el poeta Juan Ramón Jiménez llamaba unión con la verdad.
En palabras del historiador Ledesma:
Hasta el calendario ayudaba a representar el nuevo régimen: la República llegaba un mes de abril, cual primavera que rompe tras un largo invierno y todo lo transforma. Cuando echó a andar, no la acompañaban tambores de guerra. Las fuentes de época coinciden en pintar el clima de euforia popular, fiesta pacífica y enormes expectativas que rodeó su llegada. Después de décadas de gobiernos incapaces de responder a los retos y demandas de la sociedad en plena transformación, todo se derrumbó como un castillo de naipes y sin que corriera una sola gota de sangre. Unas elecciones municipales acabaron con la monarquía, y con ella cayó el propio régimen de la Restauración.
Su Constitución instauró un Estado moderno, laico y democrático, heredero del pensamiento progresista del siglo XIX, que vinculaba el laicismo al progreso de la nación. “El Estado español no tiene religión oficial”, decía su artículo 3º.
Y ninguna de las medidas del Gobierno republicano causó tanta polémica como la decisión de instaurar una escuela laica y, más concretamente, la no obligatoriedad de la asignatura de religión, primero, y su supresión en las escuelas públicas después.
Nada sucede de repente. Las bases estaban puestas. La Institución Libre de Enseñanza había formado, desde hacía tres décadas, a las generaciones más brillantes de intelectuales que llevaron a España a una nueva Edad de Plata. Vanguardia y tradición convivían y se enriquecían mutuamente. Pero faltaba también la democratización del saber del que estaba ausente el pueblo. Había que olvidar las azucenas para mancharse de barro, como afirmaba Lorca. Los apóstoles de la nueva era fueron los intelectuales de las Misiones Pedagógicas -Lorca, Cernuda, Casona- que salieron a los caminos a predicar la buena nueva recogida en el artículo 1º de la Constitución republicana: España es una República democrática de trabajadores de todas clases que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia.
Unos años antes, el 8 de marzo de 1910, se había dictado una Real Orden que autorizaba la incorporación de la mujer a la Universidad Pública con todos los derechos.
Era entonces Consejera de Instrucción Emilia Pardo Bazán, que conocía en carne propia la injusticia. Los rancios académicos de la Lengua la habían vetado por ser mujer, libre, culta y, según ellos, de dudosa moralidad.
Hasta ese día sólo unas pocas mujeres habían osado desafiar la prohibición de estudiar. Eso sí, debían conseguir permiso del Consejo de Ministros. No tenían derecho a matrícula, ni a título. Incluso algunas, como Concepción Arenal, asistían a clase disfrazadas de hombre.
Por las mismas fechas, triunfaba en el teatro Gregorio Martínez Sierra. Las obras que él firmaba las escribía su mujer, María Lejárraga, que fue diputada en Cortes por Granada y apoyó a Clara Campoamor en la defensa del voto femenino. Nunca dijo nada hasta que, viuda y anciana, reclamó frente a la segunda mujer del falso autor los derechos de su obra para sobrevivir.
La II República dio libertad a las mujeres y les reconoció el derecho al voto. Las mujeres obtuvieron la ciudadanía civil y política. Algo que ni Francia ni Italia tenían.
La II República asumió el reto de elevar el nivel cultural de los españoles y ofreció a los iletrados la oportunidad de aprender para decidir su destino. Porque, en palabras de Clara Campoamor: La única manera de madurar en libertad es caminar dentro de ella. Y eso sí que es revolucionario. Un dique contra el totalitarismo y un antídoto contra la manipulación.
El ideario republicano, que recogía las principales corrientes de innovación pedagógica, se resumía en una escuela laica, unificada y coeducativa de alumnos y alumnas. No en vano, se conoce a la II República como “la República de los maestros”.
Como afirma la protagonista de la hermosa novela de Josefina Aldecoa, Historia de una maestra:
El día que todo español, no sólo sepa leer, sino que tenga ansia de aprender habrá una nueva España
Las maestras republicanas, formadas en aulas mixtas por primera vez, hablaron de igualdad en remotas y atrasadas aldeas. Abrieron una ventana a la libertad y cambiaron el negro de la mujer rural por los colores de la libertad y de la esperanza. Se cortaron el cabello, se acortaron las faldas y crecieron las ideas.
Dice, tajante, la historiadora Carmen Agulló Díaz.
Participaron en política, asociaciones y sindicatos. Fumaban, iban en metro. Eran independientes y chocaban con el machismo tradicional. No necesitaban casarse. No dependían de los hombres. Podían elegir ser madres o vivir su vida. Eran autónomas económicamente. Un modelo de mujer en el primer auge del feminismo.
Ellas eran los agentes activos de la regeneración en marcha. Porque eran mayoría en el Magisterio.
Su sacrificio estaba justificado por la necesidad de salvar al país, educándolo. Pues ese era el mandato que recibieron.
Estas palabras de Josefina Aldecoa son un homenaje a su madre, maestra, y a todas las represaliadas por el franquismo. Y su legado dibuja el camino que transitamos y nos quieren volver a arrebatar. Porque la educación debe ser proyectada a 25 años vista. Y la II República proyectó un sistema educativo fabuloso que los de siempre no dejaron crecer.
La clave era educar para generalizar la cultura. Un pueblo culto no soporta los abusos de ningún tipo. Por eso no lo quieren los poderosos. Educar suponía conocer derechos y deberes, aceptar valores comunes identificados perversamente sólo con los de la Iglesia, y sustituirlos por valores éticos. Solidaridad, justicia igualitaria, altruismo, acción social, bien común…
Se instauraba la democracia, se valoraba el trabajo -tanto intelectual como manual-, la libertad y la justicia. Pero no podían tolerarlo, como sucede ahora, ni una oligarquía arrogante ni una Iglesia con mentalidad feudal. Nadie tenía derecho a tocar sus privilegios. Y decidieron acabar con el sueño.
Se depuraron maestros, se persiguió a los intelectuales y se sumió al país en la negrura intolerante. La sequía cultural aún pervive y es raíz de muchos males. Desprecio por la cultura, poco hábito lector, dogmatismo, intransigencia, déficit democrático. La escuela franquista enseñaba a defraudar y mentir hasta en los libros de texto.
La escuela republicana, por el contrario, formó personas conservadoras como Menéndez Pidal capaces de reclamar en pleno franquismo respeto al adversario. Su llamada a la tolerancia y a la Iglesia católica para que evitara la violencia sobre los disidentes da lecciones democráticas a nuestra derecha montaraz.
Cuando “media España ocupaba España entera”, en palabras del poeta, una colosal mentira histórica cambió el destino de miles de españoles que crecimos en ella ignorando la verdad sobre la Guerra Civil. Aquel ciclón de crueldad y censura se llevó para siempre la ilusión de varias generaciones. Creó seres demediados, privados de libertad y huérfanos de referencias. Nunca se podrá reparar del todo el daño causado. Lo peor es el vacío, el sentimiento de pérdida y la frustración de habernos sentido engañados.
Conocer y asumir la propia historia es sentar las bases del futuro. Sin referentes, el ser humano no puede construir nada. Y nos privaron de ellos. Hoy, hasta nombrar la República supone ser tachado de radical por los herederos de aquella oligarquía. Nuestros jóvenes tampoco conocen la historia. Y de tanto repetirla falseada puede ocurrir que las viejas mentiras se conviertan en materia de fe.
Hemos avanzado. Pero, falta un ejercicio leal y riguroso de recuperación de la memoria histórica que devuelva la dignidad a los vencidos. Miles de republicanos siguen olvidados, enterrados en cunetas y fosas comunes. Sobre ese humus de muertes olvidadas ha crecido la débil democracia en que vivimos.
En palabras de Almudena Grandes:
Aquellos a los que se nos falseó la historia y se nos hurtó conocer la verdad de un golpe convertido en Cruzada somos nietos biológicos o adoptados de los que murieron por defender la legalidad.
Esta generación, ya sin miedo, les debe reconocimiento por dignidad y coherencia. La reconciliación necesita hoy la justicia para estar completa. Restaurar el honor de militares como el general Vicente Rojo, católico republicano al que Franco condenó a ser un muerto en vida sólo por su lealtad demócrata.
Como él, miles de españoles pagaron con la muerte o con la vida destrozada defender la legalidad.
Generosidad y ecuanimidad no suponen imponer el maligno precio de la culpa a partes iguales. Los republicanos defendían el orden constitucional. El golpe de estado fue ilegítimo.
Una república en sí misma, no es garantía de bienestar o de democracia. Son sus valores los que dan carácter al modelo y a la ejemplaridad de los servidores públicos. No se terminarán los males de España por instaurar una República. Pero sería un buen principio. El modelo republicano debe ser políticamente abierto, participativo. Un modelo en el que la ciudadanía sea crítica y responsable. Un modelo sustentado por principios y valores de libertad, igualdad y justicia social. Y que éstos sean blindados por la Constitución, para evitar que los gobiernos de turno, ataquen los fundamentos del propio Estado republicano.
Hacer república es hacer política sin oligarcas ni corruptos. Recuperar el interés por lo común y lo público. Lo de todos. Recuperar la cultura cívica y participativa que yuguló el franquismo. Exigir una justicia igual para todos. Defender derechos, como la educación y la sanidad públicas, que nos arrebatan. Desde la igualdad, porque todos los seres humanos somos iguales. Y desde la libertad, porque somos diferentes.
Hacer república es conjugar las ideas de honestidad, integridad, honradez, lealtad y justicia en el gobierno de la cosa pública.
Luchar por los derechos cívicos, la verdadera democracia, los servicios públicos, la igualdad de todos los seres humanos y el poder humanizador de la cultura puede ser hoy el mejor homenaje a aquellos sueños rotos. Porque me temo que vuelven a estar en peligro.