Amalio y Sergi Escrivá, padre e hijo, han tenido que lidiar con la reconversión de un negocio que avanzó en solo una generación a pasos agigantados. Estos fotógrafos de Gandia, que han retratado a infinidad de personas conocidas y desconocidas, que han fijado sus objetivos en las celebraciones familiares más importantes como bodas, comuniones o bautizos, han pasado de la cámara de carrete y el revelado manual a la fotografía digital adaptándose a una revolución tecnológica impensable hace solo algunos años.
Gente se «cuela» en este estudio familiar para conocer sus historias. “A mi siempre me ha gustado la fotografía y a los 18 años me compré la primera cámara fotográfica, lo que supuso que amigos y familiares empezaran a llamarme para que les hiciera fotos en los acontecimientos familiares”. Su afición por este mundo fue a mayores y fue entonces cuando “los fotógrafos profesionales me dijeron que no podía trabajar si no tenía licencia. Así fue como averigüé lo que me hacía falta para poder trabajar; pagué muchos recargos y comencé mi andadura profesional”.
Y entonces compró a los mismos profesionales que le habían denunciado su primera cámara profesional, una Konica. El inicio no fue muy bueno. En su primera boda utilizó un carrete de 30 fotos y esas fueron las únicas que salieron, “porque entonces -recuerda Amalio- había que ir pasando el carrete después de cada toma y no me dí cuenta que esa cámara no se bloqueaba al llegar al final del carrete; así que continué con mi trabajo sin darme cuenta que ya no saldrían mas instantáneas”. La anécdota, que le sirvió de lección, la recuerda su hijo porque en cada reunión familiar revivían aquel momento.
Los contratos para bautizos y comuniones fueron a más y “llegó un momento que los superé a todos, porque mi forma de trabajar era diferente. Entonces estaba Pedro Ibáñez, que era muy reconocido, pero la relación calidad/precio que yo ofrecía era muy buena”, añade Amalio. Y eso empezó a distinguirle.
Sergi ha «mamado” la profesión de su padre. Con 4 años, le acompañó a un bautizo. “Hubo un momento que mi padre tenía que hacer la foto en grupo de los familiares, me subió a una silla y colocó el flash sobre mi cabecita y allí me quedé mientras él lo organizaba todo. En las fotos de grupo mi padre se esmeraba mucho y los colocaba a todos super bien para que todas las personas se vieran bien en el encuadre. Pero mientras tanto yo seguía con el flash en la cabeza, hasta que me animé a hablar y le dije ‘papá tira que ya no puedo más’. Todos se rieron y se descolocaron”. Esa fue la primera vez que ayudó a su padre. Y desde entonces, hasta hoy. Incluso asistió a comuniones donde los niños y niñas eran mayores que él. “Y con 11 años ya iba a las bodas”.
NO SIEMPRE QUISO SER FOTÓGRAFO
Sergi no quería ser fotógrafo, y estudió Ingieniería Técnica de Comunicaciones. Los fines de semana ayudaba a su padre para sacarse un pequeño sueldo. “Creo que eran unas 2.000 pesetas que las usaba para mis caprichos, como las piezas para mi moto. Entonces ya tomé conciencia y valoraba cada peseta que me gastaba”. Ríe y recuerda que salía con sus amigos, “ellos tomaban más copas y yo solo una, y me decían, ‘¡pero si tú trabajas!’ y yo contestaba, ‘por eso, porque me ha costado 8 horas ganarlas para tirarlo en una sola noche”.
Cuando terminó la carrera encontró un trabajo como Director de Proyectos. Estuvo varios meses viajando a Valencia a diario y asegura que fueron los momentos en los que menos disfrutó de su trabajo. Había conocido en Brasil a la que se convertiría en su mujer y los fines de semana los compaginaba con ayudar a su padre para sacar más dinero y poder viajar. “No era la idea de trabajar siempre con mi padre, pero terminé convirtiéndome en el segundo fotógrafo del estudio”.
Entonces se dio cuenta de todo lo que no quería ser. Estaba en una gran empresa donde veía muchos fallos. “Cogían infinidad de proyectos a los que no llegábamos, no había tiempo material para ejecutarlos y eso no me agradaba”. Se iba a Valencia muy temprano para entrar a 7,30 de la mañana y llegaba a casa a las 11 de la noche. “Recuerdo haber tenido hasta taquicardia. Y me planteé dejarlo todo porque no tenía posibilidad de mejorar esa situación que no me gustaba”. Así que le propuso a su padre trabajar juntos y ahí «cambió mi vida. Yo llegaba al estudio y creábamos juntos, era también el dueño”.
CAMBIO DE ANALÓGICO A DIGITAL
Pero no todo fue color de rosa en los 20 años durante los cuales los dos se dedican juntos a la fotografía profesional. Coincidían ya dos visiones, una más clásica, de la llamada vieja escuela de Amalio, y la visión más moderna y menos estática que imaginaba Sergi. Y ya se sabe que el vínculo familiar facilita las cosas pero al tiempo, las complica. Pero poco a poco fueron compenetrándose y llegaron a un equilibrio.
Era la época en que comenzaba a llegar la fotografía digital. La transición desde la analógica trajo un cambio de educación visual para los fotógrafos muy importante. Afrontaron dos cambios, el generacional y el tecnológico y no fue fácil, nada fácil. Amalio tenía miedo de que su hijo no supiera hacer las cosas bien, “lo veía cohibido” y Sergi confiesa: “a mi me costaba soltarme con él delante”.
CREATIVIDAD
Estilos propios aparte, ambos han sido creativos en su profesión. Amalio recuerda un día que vio en una casa de campo una balanza donde pesaban las naranjas y se le ocurrió la imagen: un fallero cargando las naranjas y las falleras, pesándolas. «Hice una composición que gustó y ahí comenzamos a dejar de lado la foto clásica de las falleras”.
Ahora que todos buscan la espontaneidad en la fotografía, Amalio recuerda el día que le dijo a una madre que no podía hacerle una foto a su hijo porque se movía demasiado, y entre risas dice: “qué gran error cometí”. Pero Sergi aclara: “era normal que se buscara que estuviera estático porque antes tenías 12 disparos para sacar 6 fotos, porque si no, no salían las cuentas entre carrete y revelado. Con la digital, podías disparar más y arriesgar sin inconvenientes”.
Ese es uno de los grandes cambios. “Para una boda teníamos un carrete de 30 fotos y como máximo utilizábamos 4 o 5, es decir, 150 fotos. Eso era una barbaridad para luego hacer un álbum de 60 ó 70 imágenes, de cada 2 fotos una se quedaba fuera”. Los tiempos han cambiado tanto que ahora se hacen una media de 5.000 fotos para quedarse con unas 120 que componen el álbum. Ahí lo complejo, es elegir.
LAS BODAS
Las bodas tenían un formato de fotos clásico y repetitivo. «Yo propuse ir más allá del banquete, el corte de la tarta y el vals. Y hacíamos la ceremonia en la iglesia, la llegada de los novios al banquete y luego, en el restaurante, hacía la foto de la entrada, de la mesa, la foto del beso y antes de que los camareros comenzaran a servir, montaba la foto de la tarta y del baile y me retiraba”.
Sergi confiesa que «no podría haber hecho el trabajo de mi padre. Todo era A, B y C, muy programado, estático y todas iguales. Ahora yo comienzo en la casa cuando se visten, me quedo al banquete y gran parte de la fiesta, bastante más que lo que se quedaba mi padre. En esos momentos, mientras hay cosas interesantes, para fotografiar, no miramos el reloj. Nos encanta encontrar las fotografías más originales. Las mejores fotos salen ahí, en los momentos inesperados”.
LA FOTO
Cuando preguntamos por alguna foto que les haya marcado, los dos al unísono recuerdan el momento. Amalio cargó la cámara y se la dio a un jovencísimo Sergi para que fuese al Barranco de Beniopa a retratar el tiro y arrastre. “Solo tenía que disparar. Cuando revelamos el carrete ya se veían que estaban todas movidas. Me pegó un puro increíble, pero como él tiene un ojo especial, se fijó en una”. Amalio dice: “Era una belleza de foto, medio movida porque se ve que tocó sin querer la velocidad. Saco la foto en movimiento”.
«¿Quién tiene el mérito de la fotografía? ¿Yo que la disparé o él que supo ver que en esa foto había cierto potencial?”, se pregunta Sergi. “Para mi orgullo, la puso en el escaparate. También fue portada al año siguiente del libro de fiestas y, además, me la pagó (risas)”. Esa fue la primera foto oficial con la que Sergi ganó dinero.
ANÉCDOTA
Una vida profesional da para mucho, para anécdotas buenas y otras no tanto. Amalio rememora la angustia que pasó cuando en un laboratorio le quemaron el carrete de fotos de la boda de un famosos constructor de Gandia. “Fue un accidente fortuito que le puede pasar a cualquiera, pero se lo tomó mal, quería volver a hacer toda la ceremonia y el banquete y que yo asumiera los gastos. Lo pasé muy mal”.
APRENDIZAJE
No hay duda de que Sergi admira a su padre y le agradece en cada momento de la conversación todo lo que aprendió de él. “Supe cómo comportarme en cada ocasión. Como era un chaval de 13 ó 14 años muchas veces me ponía en mitad del altar, sin darme cuenta del momento tan especial que estaban viviendo los novios. Ahora sé que hay que buscar el mejor enfoque sin ser visto. Respetar cada ceremonia es fundamental y eso lo aprendí de él. Tengo compañeros que sacan fotos muy buenas pero se llega a crear un espectáculo robando protagonismo a la pareja o creando situaciones incómodas. Los fotógrafos debemos aprender a ser más discretos”.
ORGULLO
Sergi y Amalio se sienten orgullosos de haber fotografiado a mucha gente importante. Bajo su objetivo han pasado varias generaciones, pero si hay alguien a quien admiran es al empresario Rafa Juan.
“Me siento orgulloso -dice Sergi- de haber podido fotografiarlo varias veces y también a su madre. Creo que son un ejemplo como personas y empresarios. Cada vez que lo fotografío me da una clase de algo relacionado con la empresa y lo admiro muchísimo. Creo que la Safor y Valencia le deben mucho a Vicky Foods”.
LA FAMILIA ALREDEDOR DE LA FOTO
Mientras estudiaba Sergi conoció a Fernanda Heinzen, “quien es el alma de la empresa ahora”. Todo marcha muy bien porque cada paso que dan lo piensan estratégicamente. Saben que hay que tener visión de negocio y estudiando ingeniería tuvo acceso a ciertos conocimientos que después le sirvieron para establecer unas buenas bases. “Es fundamental en cualquier trabajo seguir estudiando”, añade.
Amalio tampoco empezó como fotográfo. Él trabajaba de celador en Oliva y los fines de semana era cuando cogía sus cámaras y acudía a los eventos en iglesias como San José, Colegiata, Crist Rei, Jesuites o Sagrada Familia, y de vez en cuando algunos pueblos. “Yo no veía a mis hijos, cada iglesia tenía horarios diferentes e iba de una a otra. Hacía 10 ó 15 fotos y a otra parroquia. Era una locura impensable ahora”. Sergi apostilla: “En aquella época no había la especialización que hay ahora, todos hacían de todo”.
Ambos han contado con el apoyo de sus parejas. Era normal ver a Amparo Martinez ayudando a Amalio y ahora, Fernanda lleva el estudio. “Es la editora del estudio, es la que sabe ver ‘la foto’, es la primera que ve el reportaje y analiza y selecciona cada fotografía”. “Yo he aprendido que para hacer las cosas bien hace falta tener un buen equipo. Muchas de las ideas de cómo hacer las fotos salían de mi madre y mi padre era capaz de plasmarlas. Ahora yo fotografío y Fernanda es capaz de ver la mejor foto”.
EL FUTURO
En ese ambiente, Bruno, nieto e hijo, ya da sus pinitos en la fotografía. “Algunas veces en el estudio cuando llega del colegio aguanta el flash e incluso en algún reportaje le dejo la máquina preparada y el dispara porque sintoniza muy bien con los niños”.
El pequeño Escrivá tiene su propia cámara y siempre la lleva. De hecho, para realizar la foto de las tres generaciones que acompañan este reportaje, Bruno no quería tirar su cámara para que no se le rompiese.
Amalio está orgulloso de su hijo, que ha ganado varios premios internacionales. Pero Sergi, por encima de todo, admira a su padre y la capacidad y sacrificio de trabajo que ha tenido cuando llegaba a hacer dos bodas por la mañana de un sábado, otra por la tarde y luego irse a Oliva a trabajar de celador en la Seguridad Social. “Además, el domingo hacía comuniones y por la noche se iba al laboratorio a revelar y controlar el trabajo hecho. Yo no conozco a nadie que haya trabajado tanto como mi padre”. Un buen tándem, con otro tándem con nombre femenino igual de importante a su lado, que sigue y seguirá detrás de un objetivo y un flash. Por una vez, son ellos los que están detrás de ese objetivo.