Este 12 de abril de 2021 se cumplen 350 años de la Canonización de Francisco de Borja y Aragón; IV Duque de Gandía, tercer general de la Compañía de Jesús y Santo desde 1671. Francisco es una figura clave tanto para la historia de la ciudad de Gandia como para la historia de España, dado que vivió el esplendor del ducado y tuvo en su haber gran número de títulos nobiliarios que le correspondieron tanto por herencia familiar, como por la posición que alcanzó en la corte de Carlos I de España V de Alemania.
Su puesto de hombre de confianza de los monarcas del “Imperio Español” le hizo llegar a ser uno de los personajes más destacados de su tiempo a nivel político, y su entrada en la compañía de Jesús a los 36 años le coronó como cristiano universal. Su posterior entrada en el santoral romano fue una consecuencia de una combinación de fuerzas que, unidas por el absolutismo confesional que predominaba en la Europa del siglo XVI, dieron sus frutos para los santos españoles de la edad moderna.
No entraremos a enumerar los méritos religiosos por los que un hombre tan destacado por su espiritualidad llega a ser canonizado un siglo después de su muerte, pero si podemos decir que Francisco encarnó a la perfección el concepto de “caballero cristiano” y de “santo religioso”, sobre todo para los Austrias, quienes promocionaron su causa y conocían de primera mano su impecable trayectoria cristiana. La de Francisco fue, sin lugar a duda, una canonización muy celebrada en el mundo de la cristiandad y una candidatura muy fácil de defender, debido a la gran cantidad de testimonios y bibliografía que se generaron entorno a su persona.
Nuestro protagonista fue un hombre marcado por una fuerte religiosidad católica de herencia familiar ya que, por parte de madre, Juana de Aragón y Gurrea, era biznieto ilegítimo de Fernando el Católico y por parte de padre, Juan de Borja III duque de Gandíua, era biznieto del Papa Alejandro VI.
A pesar de estos ancestros tan universales en el mundo cristiano, podríamos decir que la influencia más directa a nivel espiritual de Francisco fue la de su abuela María Enríquez de Luna, prima de Fernando II de Aragón y duquesa regente de Gandia a partir de la muerte de su esposo Juan de Borja, II Duque. María, mujer hábil, valiente e inteligente en el mundo de la política, hizo frente a su suegro, el segundo papa Borja, quien le quería arrebatar el ducado de Gandia para reubicar a su hijo César.
Pero ella aprovechó todos los apoyos a su alcance para que el título se quedara en sus manos y llegara así a su hijo, que en ese momento era menor de edad. En su regencia saneó las cuentas del Ducado, lo engrandeció e hizo de él uno de los territorios más productivos y avanzados, importando a la cuidad Ducal los primeros influjos del renacimiento italiano que conoció de la mano de su cuñada Lucrecia de Borja.
Pero la abuela de Francisco de Borja, no solo fue una hábil diplomática, sino que ante todo fue una religiosa ejemplar y así se pudo ver antes, y sobre todo después de ingresar en el convento de Santa Clara de Gandia una vez nacido su nieto, hecho que daba continuidad al Ducado Borja.
Sor Gabriela, como pasó a llamarse al entrar en la orden, tuvo una relación muy estrecha con sus hijos, los cuales se impregnaron de sus fuertes creencias católicas y se preocuparon por dar continuidad a la educación que les había dado su madre. Isabel de Borja, su hija, entró en el convento de Santa Clara como Sor francisca de Jesús y Juan, su hijo, se convirtió en un tercer Duque de Gandia piadoso y muy preocupado por los temas de su alma y la de sus allegados. Diremos que a Francisco no le faltaron referentes religiosos tampoco por vía materna con su abuelo Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza y de Valencia, y su tío Juan de Aragón, posteriormente también arzobispo de Zaragoza y con el que pasó una parte de su adolescencia.
En este entorno, rodeado de confesores, tutores, maestros y ejemplos de extrema devoción nace Francisco de Borja. Pero los hábitos eclesiásticos quedaron a priori fuera de sus obligaciones, ya que su deber como primogénito Borja fue el de ser un recto Duque y buen cortesano. La corte era uno de los objetivos de la familia ducal, que desvinculada del papado desde la muerte del II duque de Gandia, necesitaba acercarse al rey para fortalecerse políticamente, y Francisco no defraudó a su familia sino todo lo contrario, superó todas las expectativas. Educado en gramática, oratoria, música, filosofía, lenguas y armas se fue convirtiendo en un cortesano de primer nivel, que primero fue a servir durante un tiempo a la infanta Catalina de Aragón, y posteriormente a los 17 años fue enviado a la corte del Rey Carlos I de España V de Alemania, del que no podemos obviar el hecho de que era su tío segundo por vía ilegítima.
Francisco entró con buen pie en la corte, de hecho, no tardó en destacar en ella y ser uno de los favoritos del Rey y de su esposa la Reina Emperatriz Isabel de Portugal. Ellos organizaron su matrimonio con la portuguesa Leonor de Castro y Meneses, camarera favorita de Isabel, hecho que aseguraba la continuidad de Francisco a su servicio. Muchas fueron las cazas, los torneos y las batallas que compartió con el Rey, manteniendo paralelamente su dedicación a la religión de puertas para dentro y dudando, de forma cada vez más intensa, de su vida de cortesano que le quitaba tiempo para dedicar a su alma.
En 1539 la muerte de la Emperatriz Isabel de Portugal le hizo replantearse su vida y pidió a Carlos I abandonar la corte, petición que no fue aceptada por el rey, que a modo disuasorio le ofreció el título de Virrey de Cataluña y el hábito de Caballero de Santiago, lo que supuso “una de cal y una de arena” para nuestro duque quien seguía cerca del Rey pero se acercaba de forma más oficial a Dios.
En el principado, conoció la orden de los jesuitas de primera mano y a Ignacio de Loyola, con quien se relacionó por correspondencia y quien se comprometió a enviarle un consejero espiritual de la Compañía. El consejero prometido llegó cuando Francisco estuvo lejos de la corte y de Cataluña, ya que con la muerte de su padre tuvo que partir hacia Gandía a tomar posesión del título para el que fue preparado desde niño.
Al poco tiempo de llegar a la cuidad Ducal murió su mujer y él continuó con la labor de engrandecer el ducado, ampliar y asegurar las murallas, acondicionar el hospital para gente sin recursos, y todo esto compaginado cada vez más con su labor espiritual que le situaba más cerca de la compañía de Jesús, a la que ingresó el 1546; aunque este hecho no se hará público hasta cuatro años después, cuando
marchó hacia Roma dejando el ducado en manos de su primogénito Carlos.
Como Jesuita trabajó en diversas misiones en favor de la educación pública, la formación de religiosos Jesuitas y la evangelización de nuevos territorios españoles gobernados por el Rey Felipe II, hijo de Carlos I. Francisco llegó a ser Tercer general de la compañía de Jesús en 1565, hecho que ayudó a universalizar más su tarea evangelizadora y con ello su católica reputación.
Cabe señalar la relación entre Francisco de Borja y los Austrias Españoles como una de las claves para entender la repercusión que tuvo la figura del IV Duque de Gandía en la política europea, repercusión que después se acrecentó a su llegada a la recién estrenada Compañía de Jesús. Podíamos decir que la vida de Francisco de Borja se rigió por dos ejes principales: el primero fue terrenal; su fe en la Monarquía de los Austrias basada en la admiración y el cariño que le tenía a Carlos I y a su Hijo Felipe II. El segundo y más importante fue su fe en Dios y en alcanzar la salvación de su alma, ayudando a quienes le rodeaban.
Esta vida de servicio tenía que tener una gran recompensa y esta fue su canonización. Francisco vivió un siglo XVI donde hay que tener muy presente la estrecha unión entre política y religión católica; los cargos políticos estaban en manos de eclesiásticos directa o indirectamente, dado que para los monarcas era clave la apariencia de la devoción y la exaltación pública de la religión, y mucho más a raíz de la Contrarreforma que hacía frente al incipiente protestantismo de Lutero. Los Austrias Españoles, y concretamente Carlos I, se declararon firmes defensores de la iglesia católica influyendo de forma notable en el Vaticano.
Fue Felipe III junto con el Duque de Lerma quien abrió la causa de Canonización de Francisco de Borja en 1611, época del Papa Gregorio XV. Más tarde fue el papa Urbano VIII quién lo beatificó en 1624 bajo el reinado de Felipe IV y finalmente, después de varios años parada, la causa de Francisco fue resuelta con su Canonización en 1671, impulsada por la regente Mariana De Austria, viuda de Felipe IV y muy relacionada con el Vaticano. Las canonizaciones para Austrias de España fueron un reto diplomático de gran importancia. Tener santos españoles en Roma era signo de poder y prestigio, y la canonización de Francisco de Borja fue un muy ansiado triunfo de los monarcas, teniendo siempre presente la importancia que tuvo también para la compañía de Jesús, que sumaba un santo más de la orden con un recorrido
espiritual intachable.