A mi amigo Fernando Chorro,
que lleva mucho tiempo pendiente de este aniversario.
Como nos recordaba hace poco Balbina Sendra en estas mismas páginas, hoy concretamente, 12 de abril, se cumple el 350º aniversario de la canonización de Francisco de Borja por Clemente X, quien lo subió a los altares junto con la mística dominica Isabel Flores de Oliva (más conocida como Rosa de Lima, la primera santa americana), Felipe Benicio, Cayetano de Thiene y el dominico Luis Beltrán, que fue maestro de novicios en el convento de la Santa Cruz fundado por Francisco de Borja en Llombai.
Faltaba un año para el centenario de la muerte de Borja, quien falleció la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre de 1572, a punto de cumplir 62 años, que para la época era una edad avanzada. Por tanto, en 2022 se cumplirá el 450 aniversario de la muerte de “sant Borja”. Los caprichos del azar nos regalan, pues, una excusa perfecta para que durante los próximos meses los fieles devotos le recen al santo, los escépticos recordemos el personaje histórico para intentar entenderlo, y los creyentes curiosos, que serán mayoría, se beneficien de ambas opciones.
Pero no es fácil entender a los Borja porque sobre ellos, el santo incluido, pesa mucho, como es bien sabido, el manto de la leyenda, morbosa en el caso de Alejandro VI y piadosa en el de su primer bisnieto gandiense, pero leyendas ambas. Como tales, estas narraciones fabulosas proyectan una imagen ficticia e interesada de la realidad, bien sea para alimentar el rechazo a unos forasteros transalpinos, que en menos de cincuenta años accedieron por dos veces al trono de san Pedro, o bien para fomentar la devoción a un santo.
Personalmente estoy convencido de que, en el caso de los Borja, la realidad es mucho más interesante que las ficciones al uso, dibujadas en su inmensa mayoría con brocha gorda y muy poca imaginación. Pero es que, además, el conocimiento humano avanza a medida que el “logos” (explicación racional, no necesariamente “verdadera”) le va ganado terreno al “mito” (explicación fabulosa de la realidad). El saber no se construye sobre ficciones y la religiosidad tampoco debería basarse en leyendas ni chascarrillos piadosos. La fe de los creyentes se explica como un don de Dios, pero un don que hay que cultivar y cuidar (a la parábola de los talentos me remito). Y si nos consideramos herederos del humanismo cristiano, e incluso presumimos de ello, no podemos seguir anclados en la fe del carbonero… y mucho menos, claro, usar la cruz a modo de espada o garrote contra el otro, el diferente… “La verdad os hará libres” (Juan 8, 32).
Mi propuesta, pues, es que tanto los fieles de Clío como los devotos de san Borja, y con más motivo quienes se consideren lo uno y lo otro, que no son actitudes incompatibles, aprovechemos, todos, los aniversarios seguidos de la canonización y muerte de nuestro ilustre paisano para intentar entender un poco mejor al personaje, que fue en vida uno de los protagonistas de su tiempo y, tras su muerte, declarado santo.
La ignorancia no es buena consejera para nada y, en cambio, es el caldo de cultivo de la osadía y, sobre todo, del fanatismo.
Santiago La Parra López
(Escola Politècnica Superior de Gandia-UPV)