A dos días del 8 de marzo empieza el ritual de siempre: mensajes impecables, campañas bien planchadas, fotos con pose de conciencia y declaraciones solemnes de quienes durante el resto del año conviven bastante bien con las inercias que ahora dicen combatir. Luego pasa la fecha, se guarda el decorado y todo vuelve a su sitio. A ese lugar donde la igualdad se aplaude mucho mejor de palabra que de verdad.
Porque una cosa es conmemorar y otra convertir una causa en un trámite de calendario. Y de eso vamos sobrados. Sobran gestos de escaparate. Sobran eslóganes vacíos. Sobran empresas, instituciones y figuras públicas que se ponen intensas una semana y el resto del tiempo siguen tolerando desigualdades, condescendencias y ese viejo reparto del espacio en el que a las mujeres todavía se les exige más para reconocerles lo mismo.
Lo incómodo nunca fue el discurso. El discurso lo compra casi todo el mundo. Lo que sigue incomodando es la libertad. Una mujer libre continúa siendo un problema para demasiados. No libre en el cartel. Libre de verdad. Libre para hablar claro. Libre para poner límites. Libre para no sonreír con el único objetivo de tranquilizar egos ajenos. Libre para no pedir perdón por ocupar espacio, por tener criterio o por no resultar cómoda.
Durante años gustaban más cuando dudaban, cuando medían cada palabra, cuando pedían permiso, cuando confundían aguantar con virtud y callar con inteligencia. Había algo muy tranquilizador para algunos en esa mujer que sostenía sin molestar, que trabajaba sin reclamar y que cargaba con todo sin convertirlo en conflicto. Por eso, cada cierto tiempo, vuelve el mismo truco rancio de siempre: insinuar que antes estaban mejor.
No. Antes no estaban mejor. Antes estaban más calladas para comodidad de otros. Más dependientes para que ciertos privilegios no se sintieran amenazados. Más contenidas para no hacer tambalear una normalidad construida desde la desigualdad. Lo perverso no es solo que haya quien lo piense. Lo perverso es que todavía haya quien se atreva a vender ese retroceso como si fuera sensatez, equilibrio o sentido común. Y ahí la ultraderecha ya ni siquiera se molesta en disimular: condena abiertamente esta celebración porque cualquier avance en igualdad le parece una amenaza y cualquier mujer libre, un exceso.
Porque el retroceso ya no siempre llega gritando. A veces aparece bien vestido, con tono razonable y vocabulario pulcro. Se presenta en frases como “no exageremos”, “ahora se ha ido demasiado lejos” o “antes había más respeto”. Y ahí está la trampa: disfrazar de prudencia lo que no es más que miedo. Miedo a una mujer que habla claro. Miedo a una mujer que no se pliega. Miedo a una mujer que no necesita parecer amable para resultar válida.
Todavía hoy a muchas mujeres se las castiga por rasgos que en un hombre suelen presentarse como liderazgo. Si hablan firme, molestan. Si ponen límites, son difíciles. Si no decoran su discurso para resultar agradables, entonces son intensas, soberbias o exageradas. Cambian las formas, pero el diccionario sigue siendo el mismo: una colección de etiquetas pensadas para devolver al sitio a quien ha decidido no aceptar ya el papel de adorno.
Y no, no se trata de exceso. Se trata de conciencia. No se trata de rabia desmedida. Se trata de memoria. No es que ahora algunas se crean más. Es que ya no están dispuestas a seguir viéndose con los ojos de quien necesitaba hacerlas pequeñas para sentirse grande. Y eso, claro, incomoda. Porque una mujer libre no solo rompe expectativas. También arruina excusas.
A dos días del 8 de marzo convendría recordar algo bastante simple: el respeto no se demuestra con una campaña bonita ni con una publicación correcta. Se demuestra el resto del año. En cómo se escucha. En cómo se reparte el espacio. En cómo se corrigen inercias. En cómo se deja de penalizar la libertad femenina como si fuera una amenaza.
Lo demás es oportunismo con lazo.
Y de eso, sinceramente, ya vamos servidos.
Escribo para no olvidarme de quién soy.
Si te sirve también a ti, ya compensa. 🧡
Iñaki Léonard
