El enemigo está identificado. No tiene compasión, ni distingue entre razas, colores o sexos. Actúa con rapidez y sin complacencia. Se mete en el cuerpo y va minando nuestra resistencia.
Tiene una gran capacidad de mutación según se va adecuando al entorno. Destruye nuestro sistema inmunológico y se transmite con una rapidez endiablada por cualquier método.
Viene disfrazado de cualquier cosa, su única misión es contaminar y destruir. Debemos estar muy preparados, atentos y dispuestos para hacer grandes sacrificios. Asumir cualquier indicación con tal de pararlo.
Hay que levantar barreras y cortafuegos en tiempo real ante su ataque generalizado. No se va a detener, poco le va a importar el entorno, las muertes, los contagiados, los sanos, los menores o mayores.
Todo vale con tal de obtener el objetivo final, la aniquilación de su contrario, que son las personas. Se sirve de las más variadas tácticas para avanzar en su objetivo.
Nos ha tocado en este siglo XXI el peor enemigo, que se ha encontrado las mejores circunstancias para avanzar en un caldo de cultivo propicio para aumentar su expansión por todo el mundo.
En España no somos ajenos a sus acometidas. Desde sanitarios a cualquier otra persona, luchan por tratar de controlarlo, pero parece que no con suficiente énfasis porque él sigue avanzando impertérrito. Sus consecuencias van a ser letales a corto y medio plazo. Y van a ser económicas, sociales, políticas, culturales y personales.
Va a traer miseria y desolación. Aumento de la brecha social. Va a dejar mucha gente desenganchada y lo peor de todo, ha muerto y morirá más gente. No vamos a ser los mismos después de esto y lo sabemos.
Tendremos que protegernos, ser más solidarios y seguir adelante poniendo atención a lo que pase por el bien común. No les estoy hablando del Covid-19, no. Les hablo del populismo y la derecha fascista, cerril y maniquea para la que ya existe vacuna. Sólo hace falta inoculársela individualmente. Y si no es así. A disfrutar de lo votado.