“Nunca consentimos las ‘colas del hambre’”

Carmen Fuster entró en el mundo de la política tras las últimas elecciones de mayo de 2019. Desde entonces se ha hecho cargo de la concejalía de Políticas Educativas y Bienestar Social, dos de las áreas que más afectadas se han visto por la pandemia del coronavirus. Pasada ya la emergencia sanitaria y asentada en cierta manera la nueva normalidad, la regidora recuerda cómo se vivieron en su departamento aquellos días de pandemia y cuarentena, pero sobre todo, de crisis y familias necesitadas.

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Las primeras semana de la pandemia fueron muy duras para todo el Departamento de Servicios Sociales. ¿Cuál es la situación actual?

– Estamos expectantes, pero tenemos una clara certeza de que habrá muchos problemas por la falta de ocupación. Ese fue el principal problema durante la pandemia, que muchos trabajos de temporada, o los eventuales como limpiadoras de hogar, vendedores de mercadillos,… se quedaron de repente sin trabajo. Cambió totalmente el perfil del usuario. Eran familias que salían adelante y no tenían ningún problema, y de repente, se vieron necesitadas. Sospechamos que ahora, cuando acabe la temporada de verano, volverá a pasar lo mismo.

Empezamos con la ayuda inmediata y ahora estamos gestionando el denominado ‘ingreso vital’, para todas las personas que cumplen los requisitos, porque esto dignifica a muchas familias, que pueden gestionar sus recursos. Pero si los niveles de ocupación siguen el ritmo que estamos llevando, Servicios Sociales tendrá que ocuparse muchísimo de estas personas.

 

 

¿Cuánta gente ha recurrido a su departamento durante la epidemia?

– Hemos tenido casi 5.000 llamadas telefónicas. Todas se atendieron, se estudiaron y se comprobó si cumplían los requisitos para recibir las ayudas. El trabajo realizado por los funcionarios de este departamento ha sido impresionante, yo he trabajado con ellos y lo he comprobado. Se han atendido a más de 3.000 personas a través de las rentas de urgencia.

 

 

¿Cómo se vivió desde dentro?

– La primera semana estuvimos desbordados. Se cerró el comedor social y también el CAI, el centro de día de Cáritas. Y tuvimos que asumir esas ayudas. Como departamento hasta entonces subvencionábamos esos servicios pero de un día para otro pasamos a gestionarlos. Cuando se aprobó el decreto de Estado de Alarma del 14 de marzo, automáticamente pasamos a ser servicios esenciales y las 45 personas que trabajamos en este departamento tuvimos que reestructurar nuestras funciones. Todo eso, bajo la presión del contagio y de coincidir lo menos posible todo el personal. Fueron 5.000 llamadas y tuvimos que atender y analizarlas todas, pero no todas eran válidas porque también en esto hay mucha picaresca. Por la mañana recibíamos llamadas y por la tarde se valoraba caso por caso. Pasábamos los datos a Cruz Roja y Carrefour, que preparan los kits de comida y los repartían casa por casa, fueron muy eficaces. Jamás permitimos las llamadas ‘colas del hambre’.

 

 

¿Cuáles fueron las primeras atenciones?

– Fue una semana terrible, muy dura. Antes de cerrar el comedor social, por el riesgo de contagio, anotamos las direcciones todas las personas que iban a necesitar esa ayuda. 134 personas que acudían todos los días, y a las que a partir de ahí se les servía en casa.

Tuvimos que hacernos cargo de la gente que está en la calle. No podíamos dejar esa gente desamparada y Cáritas nos cedió un edificio que habilitamos en menos de 24 horas. Pusimos luces, electrodomésticos, colchones, y personal para controlar a los usuarios, porque son personas no quieren estar encerradas, pero en esos momentos no podían estar en la calle.

Y también teníamos a las personas mayores que viven solas, que necesitaban que les lleváramos la compra y medicamentos. O simplemente que les atendiéramos porque estaban muy asustados y solos. 

 

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El gabinete psicológico también juegó su papel.

– Fue vital e increíble. Atendían cerca de 80 llamadas diarias para paliar los efectos emocionales que estaba produciendo la pandemia. Gente que llamaba llorando de preocupación, o que vivía sola. Hemos hecho un seguimiento de todos, llamándolos y calmándolos. Toda esta gente está muy agradecida. Hubo que gestionar mucho nerviosismo y miedo. Pero a medida que la situación evolucionaba bien y la gente recibía la ayuda, se fue calmando todo. 

 

 

Tras la avalancha de los primeros días, ¿qué quedó después?

– Fuimos eliminando los lotes de comida, que era la necesidad urgente pero sólo eran alimentos no perecederos y básicos. Faltaba la fruta, verdura, carne o pescado fresco. Así que introdujimos las rentas de emergencia.  Así, cada familia podía comprar su cesta de alimentación y gestionar sus propios recursos. Dimos soporte a más de 3.500 personas.

 

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¿Ha disminuido el número de familias atendidas?

– Sí. Con la Covid aparecieron usuarios que no son habituales. Gente que perdió su trabajo, que aguantó unos días con sus ahorros, pero a partir de la tercera semana ya necesitaron ayuda. En el momento que terminó el confinamiento, con la ‘nueva normalidad’, la gente salió y volvió a trabajar. Entonces se notó mucho, porque todo ese grupo que nunca había necesitado de los Servicios Sociales, de repente había aparecido. Y al volver a trabajar, desaparecieron.

 

 

Si la situación se agrava, ¿está preparado su departamento para una nueva crisis social?

– Ahora estamos preparados. De hecho estamos haciendo unas previsiones porque la economía así lo va marcando. Contemplamos que hay mucha gente con trabajos temporales por el verano pero que después necesitará ayuda a corto plazo. Pienso que viene una crisis muy intensa, no demasiado larga en el tiempo, pero a la que tenemos que hacer frente.

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