María Goyri. La investigadora en la sombra

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María Goyri fue universitaria pionera, profesora, políglota, insigne filóloga, impulsora del Instituto Escuela, colaboradora esencial de la Residencia de Señoritas, investigadora incansable, activista en favor de los derechos de la infancia, pedagoga innovadora. Formó parte de la vanguardia de defensoras de los derechos de la mujer. Pero su nombre ha quedado oculto siempre por el de su marido, Ramón Menéndez Pidal.

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María nació en Madrid, en 1873. Fue educada hasta los 12 años por su madre, Amalia Goyri, mujer librepensadora, de gran carácter y mayor cultura. A esa edad la matriculó en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, donde conoció las doctrinas krausistas que tanto influirían en su vida y aprendió inglés y francés. Allí fue compañera de María Lejárraga.

 

 

Comenzó sus estudios universitarios como oyente, en época prohibida a las mujeres, con un permiso especial. La condición era que no hablara con los estudiantes ni en pasillos ni en aulas y que no se sentara cerca de ellos. La llevaban y traían los bedeles y, entre clases, la encerraban en la antesala de profesores. En clase, se sentaba junto al profesor, sola, en una mesita supletoria. Al final de su vida recordaría estos años, que la convirtieron en una firme defensora de la coeducación: Mi camaradería con los chicos me enseñó a tratarlos y a hacer que me respetasen, lo que en mi juventud me sirvió de mucho.

 

 

Ese mismo año, 1892, una jovencísima María Goyri se dio a conocer en el ya mítico Congreso Pedagógico que reunió nada menos que a 413 mujeres. María defendió las tesis igualitarias de Concepción Arenal y fue felicitada por Emilia Pardo Bazán. Las primeras voces femeninas del país exigieron allí una apertura radical de la enseñanza a las mujeres. El Congreso sirvió para hacer visibles a mujeres instruidas y profesionales, capaces de participar con inteligencia y vigor en la polémica sobre la instrucción de su sexo.

 

 

Su ascenso fue meteórico, la aclamación de sus profesores, los premios y las oposiciones logradas contra viento y marea hicieron indudables sus méritos, más aún cuando la formación de la mujer seguía siendo un tema tabú en la España de entonces. Fue una de las primeras mujeres doctoradas en España.

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María Goyri, desde muy pronto, trabajó para la Institución Libre de Enseñanza en el Protectorado del Niño Delincuente, que seguía los pasos de Concepción Arenal. Cuando María se licenció y empezó su doctorado, ya tenía columna propia en revistas donde compartía firma con Joaquín Costa o Julián Besteiro.

 

Hay que convencer a las mujeres de que el trabajo siempre dignifica. Deben aportar su valiosa colaboración a la sociedad, decía.

 

Apostaba por una mujer moderna, ciudadana de pleno derecho, activa socialmente. Pensaba que las mujeres deben imprimir su huella en la historia.

 

Conoció a quien sería su marido, Menéndez Pidal cuando ambos asistían a clase en la Escuela de Estudios Superiores. Su noviazgo fue un viaje incesante a la búsqueda del romancero oral por aldeas perdidas.

Las mujeres, en especial, se complacen en recitar romances. De niñas, para acompañar sus juegos. Y, cuando son madres, para adormecer a sus hijos. Pero se resisten a cantarlos ante desconocidos, decía. Pero ella lograba convencerlas siempre.

 

 

A pesar de los recelos de la familia de él, que no se fiaba de una señorita que estudiaba y era universitaria, acabaron casándose en 1900. Eligieron como viaje de novios la ruta del Cid, en la que atravesarían Castilla en tren, mula y balsa con tal de empaparse de los escenarios de los que tanto habían leído. Y su primera hija se llamará Jimena, como la mujer del Cid.

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La labor fundamental de investigadora filológica de María Goyri quedó oscurecida por la sombra de su marido, Menéndez Pidal. Ambos formaron lo que Carmen Baroja califica de “matrimonio moderno”. Y María fue admirada siempre por su sobrina María Teresa León, quien la consideraba modelo de mujer intelectual moderna y libre.

 

 

Pero no fue tal la modernidad de su matrimonio, pues todo el ingente trabajo de María fue fagocitado por Menéndez Pidal. Y ella siempre trabajó en la sombra para que la obra de él brillara. A pesar de ser el alma de estudios comunes, organizadora de la biblioteca familiar, trabajadora de campo incansable, las grandes publicaciones, donde todos los filólogos hemos estudiado el Romancero, están firmadas solo por su marido. Y sólo él fue académico.

 

 

Su nuera, Elisa Bernis, lo dejó bien claro: Conociendo la obra de Menéndez Pidal, no sospechan siquiera el papel que en esta tarea ha correspondido a su mujer (…) No se concibe a Pidal sin trasladarse continuamente al despacho donde María trabaja mañana y tarde para asegurarse algún dato, o pedir nuevas lecturas (…) Gracias a innumerables horas de inteligente lectura que a ella se deben, han sido posibles visiones panorámicas y detalladas, síntesis certeras que explican el nacimiento de un idioma.

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Y ella misma explicó en una entrevista que era la artífice del “andamiaje” de la obra de Pidal. La generosidad y entrega de María fueron excepcionales. Borró sus propios sueños para estimular los de su compañero. Sin sus investigaciones, nunca su marido habría acabado su gran obra y así lo reconocen hispanistas que convivieron con ellos.

 

 

Así la describe el profesor Renier: Una señora culta, dotada de perspicacia crítica, avezada en la investigación erudita y disciplinada en el severo método como casi nadie en su país.

 

 

María Goyri descubrió el Romance a la muerte del Infante don Juan, publicado en 1902. Y ya tenía una hija a la que siguieron otros dos. Además, trabajaba en la institución educativa para niños desprotegidos. Era profesora de Lengua y Literatura en el Instituto Escuela, donde imprime sus ideales pedagógicos y sigue investigando. Sobre don Juan Manuel, el Romancero y, ante todo, sobre Lope de Vega. Las novedosas investigaciones de María Goyri sobre Lope de Vega nunca se han publicado. Solo existe un ensayo sobre la relación del dramaturgo y el Romancero, tema de su tesis doctoral. Ninguno de los estudiosos de Lope de Vega contemporáneos de María Goyri conocía mejor y había leído de forma más atenta y perceptiva la obra de juventud del Fénix.

 

 

En 1937 el franquismo pide un informe del matrimonio que se remitió a Burgos. Así define a Ramón Menéndez Pidal: «Presidente de la Academia de la Lengua. Persona de gran cultura, esencialmente bueno, débil de carácter, totalmente dominado por su mujer. Al servicio del Gobierno de Valencia como propagandista en Cuba». Y así habla de María Goyri: «Persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos; muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución».

 

 

Para el universo franquista, la mujer debía recluirse en su casa y María era una de esas mentes brillantes que se negaba a ello y, por tanto, era peligrosa.

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En la posguerra, el matrimonio fue represaliado por la dictadura franquista. Menéndez Pidal apartado de su cargo de director de la RAE y María, de la docencia. Pero nunca dejaron su tarea investigadora. La correspondencia de María con los investigadores e hispanistas de todo el mundo, en los que da cuenta pormenorizada y generosa de los hallazgos, sus notas, escritos y artículos inéditos, son una fuente imprescindible para los estudiosos del Romancero, dentro y fuera de España.

 

 

En 1953, Menéndez Pidal dedicó a María una de sus obras cumbre, Romancero hispánico, reconociéndole su contribución fundamental y enriquecedora durante medio siglo.

 

María Goyri falleció al cabo de dos años. Desde entonces la biblioteca de la pareja nunca estuvo tan ordenada ni tan viva, como confesará su marido en los años sesenta a jóvenes investigadores: Si estuviera mi mujer, seguro que les ayudaría. Ella lo sabía todo. Parece que la llave de los archivos del investigador y el alma de sus publicaciones se habían ido con María.

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