“No me extrañaría nada que en un tiempo más o menos lejano, los historiadores del cubismo, olvidándose de algunos ‘puros’ para quienes una pipa o una botella encierran más emoción que un rostro humano, consideren a María Blanchard como un héroe de este movimiento prodigioso». Estas palabras las escribía su amigo, el crítico André Lhote, a la muerte de María, en 1932.
María Gutiérrez Blanchard nació el mismo año que Picasso, 1881, en Santander. Sus padres eran burgueses liberales. Él, director de un prestigioso periódico y ella, mujer culta de origen franco-polaco. La niña nace, marcada para siempre por su figura contrahecha, producto de una doble desviación de columna y que se atribuyó a una caída de su madre embarazada. Su destino estará ligado a esta circunstancia. Sus padres, sobre todo su padre, siempre la arroparon con ternura y la animaron a ser independiente y a seguir el camino del arte. Al observar su afición por el dibujo, le fabricaron una sillita y un caballete adecuados, donde la niña hace realidad su imaginación en lienzos en blanco.
María nunca tuvo una vida fácil. Es un genio de la pintura encerrado en un cuerpo débil y deforme. “Amante de la belleza, sufría con su deformidad hasta un grado impresionante”, escribe su prima Josefina de la Serna.
Sus allegados la describen como una niña con una cabellera espléndida a la que se refiere Federico García Lorca en el homenaje que rindieron a María, tras su muerte, las Mujeres de la Unión Republicana Femenina en el Ateneo madrileño: “Porque eras jorobada, ¿y qué? Los hombres entienden poco las cosas y yo te digo, María Blanchard, como amigo de tu sombra, que tú tenías la mata de pelo más hermosa, tan generosa y bella que quería cubrir tu cuerpo”.
En 1903, se traslada a Madrid para estudiar pintura y la joven María empieza a sufrir la crueldad de quienes no toleran lo diferente y solo ven el aspecto exterior. Se escondía de todos, apenas quedan fotos de su juventud, y se esfuerza en demostrar su talento en la pintura.
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Oye a las madres decir a sus hijos: “La bruja, ahí va la bruja”. Tiene que correr de las pedradas crueles de niños y soportar que toquen su espalda abultada para ahuyentar la mala suerte. Para conjurar la maldad, María llega a su estudio con lágrimas en los ojos y pinta hermosos cuadros en los que diluye el dolor.
Pero siente la necesidad de volar lejos de este país triste y pide una beca para estudiar en París. Sus comienzos en la capital francesa no son buenos. Se aloja en un convento de monjas que no solo la explotan como profesora sino que la alimentan con chuletas de perro y la alojan en una mísera celda. Nunca olvidará su crueldad.
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Pero París es más que el convento. Por primera vez en mucho tiempo, advierte que nadie se detiene a mirarla. Nadie la insulta. París es otro mundo. París es la vida. París supuso la ruptura con su vida anterior y una época de expansión artística y personal.
París es Montparnasse, estudios y talleres de artistas de todo el mundo. Desde ellos, la escuela española abre caminos revolucionarios. Juan Gris, Picasso y la misma María Blanchard en el cubismo. Dalí en el surrealismo, Bores o Cossío en el neocubismo, Miró entre los ‘fauvistas’.
María deja el convento y se relaciona con pintores famosos que la ayudan a conseguir financiación y a seguir pintando. La Primera Guerra Mundial expulsa de Francia a los artistas y muchos se refugian en la neutral España. En marzo de 1915 Gómez de la Serna organiza una exposición cubista en Madrid en la que están Diego Rivera y Bagaría entre otros. Y también está María que entonces usa solo su primer apellido: Gutiérrez.
En el catálogo, el autor de las Greguerías la define así: “Es un ser tan lleno de cosas, tan reservado, tan pleno de ahorros que nos tiene sobrecogidos”. Pero añade algo que podía haberse ahorrado y que ofendió a María: “Ella no es femenina, es varonilmente maligna”.
La crítica madrileña fue despectiva y violenta con la exposición. No entendían, no querían comprender el arte nuevo y, como escribe un periodista, los asistentes “cuando salen se restriegan los ojos (…) como si se hubieran despertado de una pesadilla”. El cubismo les quedaba muy grande a los madrileños de entonces. “¿Será un arte desconocido? ¿Será una nueva era de cosas grandes aún en embrión?”, escribían los críticos de la revista Nuevo Mundo.
María, por consejo de su familia, opositó a una cátedra de dibujo y obtuvo plaza en Salamanca. El ambiente salmantino la devuelve a la crueldad callejera y a la dura tarea de enseñar que ella consideraba castrante del talento en pintura. Añora la libertad y la tolerancia, renuncia al cargo y vuelve a París. No volvería a España jamás.
En 1917, María, la petite Blanchard, como la llaman los cubistas, es una pintora respetada que vende toda su producción a un solo marchante. Pocas mujeres de su generación habían llegado tan lejos. Atrás queda la miseria, las penalidades, el hambre y el frío. Vive en un estudio bohemio y confortable y se convierte en una mujer libre y adinerada que vive de su arte. Para vestir le gustaban los colores brillantes, volantes y lazos por todas partes que le daban un aspecto peculiar. Pero siempre, dentro de ella, estaba su frustración por su aspecto. “Cambiaría toda mi obra…por un poco de belleza”.
María huye de las fotos, huye de sí misma. Y se refugia en la pintura.
Críticos y público la miman, expone en Bruselas, donde se la presenta como “una de las formas del genio femenino de nuestra época”. Forma parte del grupo de pintores neocubistas y trabaja febrilmente en su taller olvidándose hasta de comer. María aporta al movimiento cubista sentimiento y plasticidad. Su figura está en el mismo nivel que las de Rivera o Juan Gris. Era la única mujer en un mundo de hombres que casi era una secta. Era valorada como pintora y la consideraban una compañera. “Su paso por el cubismo produjo las mejores obras de este, aparte las de nuestro maestro Picasso”, dijo de ella Diego Rivera.
Su pintura se caracteriza por los colores dramáticos, dibujos duros y violentos contrastes. Son imágenes intimistas, expresivas, de personajes desvalidos. María lo pintaba todo. La enfermedad, la lucha continua desde su nacimiento hasta la madurez, la soledad y el aislamiento se reflejaron siempre en sus obras. Sus naturalezas muertas trasmiten un inquietante abandono.
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Su casa es un ir y venir de ‘gentes raras’ entre las que destacaba el ruso Chevalavsky, gran admirador y feroz crítico de su pintura. Son famosas las discusiones del ruso y de Diego Rivera con María, quien los echaba de su casa para volverlos a admitir al día siguiente. Era una mujer temperamental que llevaba dentro la niña que fue, la curiosidad y la imaginación de su infancia.
Gerardo Diego describe a la María de estos años: “Su ingenua avidez por saber todas las cosas. Su risa, franca y pura de colegiala, suena a veces como una corriente de agua clara que arrastra y limpia sus pesadumbres de otros momentos”.
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Esta mujer franca, alegre y vital pareció desaparecer a causa de la mística que la atrapó al final de su vida. Siempre fue librepensadora como su familia, pero giró bruscamente.
La muerte de su amigo Juan Gris en 1927, a pesar de que llevaban años distanciados la abocará a un estado de depresión y abatimiento del que ya no conseguirá salir nunca. Su amor oculto, Diego Rivera, hacía tiempo que se había ido a América.
Consuelo Bergés afirma que su vuelta al catolicismo se debe a su necesidad de amor y a la influencia de Isabel Rivière y su hija pintora, alumna de María, que lo abandonó todo para ingresar en las Ursulinas.
María busca consuelo en la religión y en el trabajo. Su hermana Carmen se traslada a vivir con ella junto a su marido y a sus dos hijos. También sus otras dos hermanas, Ana y Aurelia, pasan temporadas con ella en Francia. María pinta de manera obsesiva como quien adivina que se queda sin tiempo. Vuelve a una pintura figurativa que ya no es la misma de la de sus inicios, que ha quedado marcada en el tránsito a través de la vanguardia y la vida.
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Piensa ingresar en un convento, pero se lo desaconseja su confesor. Entonces, lega sus bienes a un asilo y se dedica a pintar cuadros de plástica sobrecogedora. Siguió llenando lienzos hasta que se fue soñando “con pintar muchas flores” según sus últimas palabras.
Murió un 5 de abril de 1932, y fue enterrada sin mucha ceremonia y en un lugar casi
escondido en el cementerio de Bagneux de París.
Federico García Lorca la despide con la hermosa elegía que citamos al comienzo:” Uno de los primeros cuadros que yo vi en mi adolescencia fue un cuadro de María. Cuatro bañistas y un fauno. (…) El único retrato de ella que he visto era el de una criatura triste y está al lado de Diego Rivera”. La lucha de María Blanchard fue dura, aspera, pinchosa, como rama de encina, y sin embargo, no fue nunca una resentida, sino todo lo contrario, dulce y piadosa.”
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María Blanchard fue una de las principales artífices del desarrollo de la pintura cubista a principios del siglo XX. Olvidada durante mucho tiempo, su obra comienza ahora a ser valorada como merece. En 2012 una exposición recogió parte de sus cuadros en Madrid.
Más que olvidada, María Blanchard ha sido una figura ausente, casi extranjera. Muchos de los cuadros de María, a su muerte, se le atribuyen a Juan Gris, borrándoles la firma descaradamente para venderlos con facilidad.
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Griselda Pollock, crítica de arte y profesora de la Universidad de Leeds, añade otra causa. Pese a que uno de los signos de la modernidad fue la “participación libre y activa en la cultura” de las mujeres, en las siguientes décadas, marcadas por el retroceso igualitario, los museos e historiadores “ocultaron la presencia, la participación, la obra y la memoria de aquellos artistas que eran mujeres, y solo porque eran mujeres”.
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Algunos críticos la han comparado con Frida Kahlo. Ambas fueron compañeras de Diego Rivera. Ambas son mujeres dolientes y enfermas que vierten su dolor en la pintura. Pero Frida asumió su dolor más allá de la pintura y María Blanchard guardó el suyo dentro, sin dejarlo ver a nadie más que en su obra. No en vano, el compañero de las dos mujeres, Diego Rivera, definió a María como “la plástica pura”.
