«Llegas a Polonia y todo cambia cuando pasas de ser espectador a testigo»

Anna, Illya, Ivanna, Kyrlo. Son los nombres de cuatro de las personas que han llegado a Gandia en los últimos días desde Ucrania, huyendo de una guerra que se está produciendo en medio de Europa y en pleno siglo XXI. Aunque no desde el 24 de febrero, sino que algunos de los niños que han llegado como refugiados a la comarca nacieron hace una década en un país que ya vivía este conflicto.

 

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La cifra de ucranianos huidos en el último mes supera ya los 3,5 millones. No hace falta decir que los que huyen lo hacen con lo puesto, porque a diario llegan imágenes tremendas que cuestan de digerir. Muchos otros, en cambio, no lo han hecho por diferentes motivos y siguen allí. Los medios de todo el mundo lo anuncian, se trata del mayor éxodo vivido desde la Segunda Guerra Mundial y está siendo posible gracias a unas fronteras abiertas, a una red de transporte amplia y la colaboración de un miles y miles de personas, de dentro y de fuera del país.

 

 

Las principales puertas de salida se encuentran en Eslovaquia, Hungría y, especialmente, en Polonia. Ahí, la estación de Przemysl recibe a diario a miles de refugiados. Y hasta allí llegaron dos vecinos de Gandia, coordinados con Cáritas Gandia y la asociación de ucranianos de la ciudad, para buscar y traer a una familia. Lo que iba a ser un viaje de 4 días para localizar a tres personas se acabó convirtiendo en una expedición de 10 días que consiguió reunir dinero y financiar el viaje a otras 35.

 

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El equipo, en realidad, lo conformaron cinco personas: Marcos Castellá y Manuel Bertó, además de su mujer, Paloma Moreno, y las dos hermanas de ésta, Paqui y Trini Moreno. Los motivos para poner en pausa la vida por unos días y emprender el viaje son evidentes y se repiten casi a diario en cientos de personas solidarias que están removiendo un poco sus vidas desde hace unas semanas para acoger o ayudar en lo necesario al pueblo ucraniano. “Estalla la guerra y día a día llueven las noticias, algunas de ellas propaganda pura y dura, pero las imágenes no se pueden ocultar y los hechos, tampoco”, explica Manuel Bertó. “Decidimos viajar a Polonia con la intención de ayudar, de prestar, de forma altruista, humanitaria, un soporte vital a toda esta gente”.

 

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El primer paso fue la creación de una campaña de micromecenazgo para recaudar algunos fondos con los que financiar la travesía y lo que pudiera surgir sobre la marcha. Participaron familiares, amigos y gente anónima, además de la empresa para la que trabaja Manuel, CHRISTEYNS España. Así, sin más, arrancó ese viaje hacia Polonia. Llevaron una mochila con lo imprescindible y una suerte de salvoconducto expedido por Cáritas Gandia. Su objetivo era localizar a tres personas, cuya familia les esperaba en Gandia. Pero las redes de comunicación interna son veloces y la comunidad ucraniana de Gandia gestionó otras muchas peticiones de ayuda.

 

 

“Llegaban mensajes al móvil de gente que no conocían, pero a la que no íbamos a dejar tirada”, recuerdan. Y empezó entonces una maniobra mucho más ambiciosa que requería de una logística más elaborada y que, desde España, coordinó Paloma Moreno. Traslados, hoteles, más traslados, más hoteles, noche y día, casi sin parar, y poco a poco pudieron ir reubicando al grupo mientras esperaban un avión que los llevara a tierras más tranquilas. “A los pocos minutos de estar en tierras polacas uno empieza a ver y entender la situación de modo distinto. Sin la barrera de las pantallas de televisión de por medio, ya no hace falta que le cuenten a uno las cosas”, asegura Manuel Bertó. Todo cambia cuando se pasa de ser espectador a testigo.

 

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La estación de tren de Premysl, en la frontera de Polonia, es un lugar colapsado, convertido casi en un campamento de tránsito de cientos, sino miles, de personas que esperan conseguir billete y viajar a otra ciudad donde alguien les espera, aunque sin olvidar a quienes dejan atrás. Premysl es una ciudad similar Gandia, situada al sureste de Polonia, a pocos kilómetros de la frontera con Ucrania y con cerca de 67.000 habitantes. Dispone de muy buenas conexiones ferroviarias y por carretera con el país vecino. “Es de esos lugares alejados de las principales rutas turísticas, pero una vez allí, sorprende por su belleza y encanto, ahora también por su carácter humanitario”, tras haberse convertido en una vía de escape de las bombas.

 

 

Fueron cuatro días intensos para Marcos y Manuel buscando a las personas de su lista. Y cuando llegó el momento de su regreso, llegaron Paqui y Trini a hacer un valioso relevo desde Cracovia para organizar los traslados. Y hubo una tercera incorporación sorpresa, la de Diana, ucraniana afincada en Gandia y que, gracias a su conocimiento de la lengua, fue de gran utilidad como intermediaria con el grupo. Es, además, sobrina de Valeria, que también ha huido con sus tres hijos. Desde allí, ya todos organizados y con furgonetas, emprendieron viaje al sur de Europa.

 

 

“Nosotros solo aportamos un pequeño granito de arena. Aquí los verdaderos héroes son ellos, los refugiados. Un pueblo oprimido que huye despavorido de una injusticia; de un sinsentido; que ve cómo día a día el ejército de Vladimir Putin destruye sus hogares, sus sueños y su vida”, narra Bertó. Un grano en una montaña de arena en el que, además de este grupo de cinco gandienses y los voluntarios que les han dado soporte, han participado y siguen participando miles de personas de todo el mundo aportando lo que cada uno puede o sabe. Porque las crisis, como en este caso es la guerra, sacan lo peor de la humanidad, pero también, lo mejor, su solidaridad.

 

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Anna, Illya, Ivanna, Kyrlo, Yulia, Bohdan, Vladyslava, Demian, Klym, Valeriia, Olha, Larysa, Sofiia, Denys…  Un total de 35 personas que ya están en Gandia, con sus familiares, junto a otro centenar de familias que también están ya instaladas. Lejos de la guerra. Pero todavía quedan otros muchos en Ucrania, con el miedo de no saber qué pasará mañana. “La imagen del reencuentro en Gandia, con sus familiares y allegados, es la mejor recompensa que uno puede recibir a nivel personal. Lágrimas de alegría. Felices por volver a estar todos juntos. Nosotros no hemos hecho nada. Todo lo han hecho ellos, madres coraje”, recalca Manuel.

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