El bombero forestal Edgar Juan regresa tras pasar tres semanas en Bolivia como voluntario
El coronavirus copa desde hace meses la actualidad informativa con la crisis sanitaria, social y económica que está generando. Pero la realidad alcanza otros muchos aspectos de la vida cotidiana. Los grandes problemas del planeta siguen estando ahí, aunque ya no se hable de ellos y la crisis climática es uno de los que más debería preocupar. Los incendios que desde hace meses están arrasando la selva amazónica siguen activos y miles de personas luchan a diario contra ellos en Bolivia, Brasil o Paraguay.
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Hace casi un mes, viajó hasta allá una expedición de bomberos voluntarios de toda España, coordinados por la ONG SAR Navarra. Entre ellos estaba Edgar Juan, un bombero forestal gandiense que no dudó en sumarse al equipo de expertos en extinción de incendios en zonas hostiles para aportar su grano de arena en la lucha contra uno de los mayores dramas medioambientales de las últimas décadas. Su experiencia ha durado tres semanas. Ahora, ya de vuelta en casa, Edgar comparte sus vivencias, dramáticas pero esperanzadoras y a modo de diario personal, en la que ha sido una lucha titánica contra un fuego voraz que ya ha arrasado más de 2 millones de hectáreas de bosque y que avanza sin tregua cada día.
Su trabajo ya comenzó aquí, en Gandia, desde donde coordinó una campaña de recogida de equipos que ayudaran en las tareas de extinción. El grupo partió el 11 de octubre cargado con material donado por colectivos, personas anónimas e instituciones. En el caso de Gandia, Edgar se encargó de buscar y recoger mochilas sulfatadores que están sirviendo como extintores dada la carencia que hay en la zona, además de la imposibilidad de trabajar con camiones cisterna.
Su llegada generó muchas expectativas entre los cientos de personas que trabajan incansablemente allí. Iban a aportar no sólo ese material, sino su propia mano de obra a pie de bosque y una valiosa experiencia que se queda ahora en el país boliviano tras horas de sesiones formativas a los equipos locales. Su misión inicial era encabezar grupos de trabajo para colaborar en la extinción pero también en los puestos de mando para coordinar y aconsejar en las estrategias de operaciones.
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Pero como en tantas otras ocasiones, también en estos casos la política y la burocracia complican las tareas. Se trata del primer contingente internacional que actúa en incendios fuera de un país. La cooperación internacional está muy desarrollada en todo tipo de catástrofes. Pero en cuestión de incendios forestales estas intervenciones están poco reguladas y no existe una estructura de crisis que gestione toda la ayuda internacional que pueda llegar, lo cual complica todavía más una situación ya de por sí límite. “Sabíamos que nuestro trabajo iba a ser difícil. No puedes entrar en un país, por muy experto que seas, pretendiendo hacerte con el mando de alguna operación, y mucho menos cuando los militares ya están implicados en las tareas. Un mal paso puede echar a perder todo el trabajo hecho”.
«Es gente que ve el fuego como algo normal. Pero teníamos que hacerles ver que estábamos allá para ayudar y usarlos como guías expertos»
Por ello, y con todos sus conocimientos en la mochila, el grupo español se puso bajo el mando de los grupos militares instalados en el Centro de Educación Ambiental (CEA) de Santa Cruz, convertido en base de operaciones. Desde allí, se ajustaron al Sistema de Comando de Incidentes (SCI), una herramienta de gestión de incendios implantada internacionalmente que aporta cierta organización y orden a la hora de tomar decisiones, aunque en algunos países como Bolivia no está del todo implantado y lo que debería ser una herramienta de trabajo, acaba convirtiéndose en algunos momentos en fuente de conflicto y discrepancia.
Pero mientras eso pasa, el fuego sigue avanzando y, pasada la fase de acople en el operativo, el equipo empezó a preparase para hacer lo que mejor se les da, trabajar sobre el terreno. Destino: el pueblo de Masicuri, un enclave montañoso de difícil acceso donde un frente descontrolado atacaba unas 70.000 hectáreas y amenazaba varias zonas pobladas. “Inmediatamente nos pusimos bajo sus órdenes tratando siempre de proponer, acompañar y ayudar, nunca de imponer ni tomar el mando de la operación”.
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La estrategia era crear una pinza con línea de defensa (eliminación de combustible) y ajuste mediante fuego técnico (ayudar a que arda de forma controlada el espacio entre la zona quemada y la zona de defensa) para que el incendio no llegara hasta los campos de cultivo ni a las viviendas. Obtener la confianza de los comuneros fue uno de los propósitos más complicados, “es gente que ve el fuego como algo normal. Pero teníamos que hacerles ver que estábamos allá para ayudar y usarlos como guías expertos conocedores de la zona”.
«El primer día ya pensé: ‘Somos extraños en este territorio’ y así me sentí el resto del viaje”
La Selva preamazónica, cuenta Edgar, es algo indescriptible, cerrada con una vegetación arbórea de más de 20 metros y repleta de fauna. “Teníamos que andar con mucho cuidado, escuchando, observando. Lo más difícil era llegar hasta el incendio, muchas veces tardábamos entre 2 y 3 horas, a golpe de tramontina, unos machetes enormes. Y cuando llegábamos ya estábamos prácticamente deshidratados. Nos buscábamos la vida para esconder agua por el camino. El primer día ya pensé: ‘Somos extraños en este territorio’ y así me sentí el resto del viaje”.
Tras varios días extenuantes, una ligera lluvia que remató el trabajo y un panorama social relativamente tranquilo (hubo elecciones generales el 18 de octubre), el equipo regresó al CEA en busca de la siguiente misión. Destino: Cabezas, una población al sur de Santa Cruz, desde donde accederían al flanco izquierdo del mismo foco que empezaron a extinguir en Masicuri. Los incendios de aquí (España) nada tienen que ver con los que se sufren en las zonas tropicales. No sin complicaciones, finalmente lograron controlarlo. Y de ahí, a la zona norte. Misma estrategia: acabar con los puntos calientes. Mismo resultado: controlado.
“La jornada comenzaba a las 4 de la mañana y acababa a las 3 de la tarde, únicas horas del día en las que se puede trabajar en la extinción de incendios. Tres horas de vuelta, ducha, reunión, cena y a dormir. 4 horas de descanso y de nuevo a los coches, con tres horas de viaje por carreteras sin asfaltar llenas de baches”. Un enorme desgaste adicional al trabajo puro y duro de apagar el fuego. “La verdad es que estábamos agotados, llevábamos muchos días de cansancio acumulado”.
“Pactamos futuros proyectos de intercambio que pondremos en marcha este mismo año y que darán sus frutos en la próxima campaña contra incendios”
La última semana la expedición se dedicó a impartir formación a los bomberos voluntarios del sur de Bolivia. Las lluvias, la tarea de todos los bomberos del país sumada a la de los equipos voluntarios como el de Edgar, habían frenado bastante la intensidad de los incendios, así que era momento de parar y “dejar en el país los conocimientos y las herramientas que tenemos”.
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Coordinadamente con todas las instituciones del país, convocaron una semana de formación completa: Comportamiento extremo de incendios forestales, seguridad en las operaciones de extinción, operaciones helitransportadas y operaciones en autobomba. Esas fueron las materias impartidas en sesiones de 5 horas a diferentes colectivos implicados en las tareas de extinción. También se habló de las quemas controladas como una estrategia útil, y “pactamos futuros proyectos de intercambio que pondremos en marcha a partir de este mismo año y que darán sus frutos en la próxima campaña contra incendios”. Acudieron 21 departamentos entre los que contaban policías, bomberos de gobernación, bomberos voluntarios y militares.
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Han sido tres semanas de trabajo intenso, en condiciones extremas, y en las que se ha aprovechado hasta el último segundo para sacar provecho. Ese era el objetivo, no sólo ayudar con las llamas de forma directa sino, como explica Edgar, dejar en aquel país todos los conocimientos que él y su equipo sí han recibido aquí en España y de los cuales, sus compañeros de profesión en Sudamérica carecen. Y todo ello, de forma voluntaria. “Hemos creado nuevos lazos de unión entre dos países a muchos kilómetros de distancia. Empezamos una nueva etapa de cooperación que esperamos sea muy positiva”.
Los bosques de Bolivia, sobre todo los de la zona denominada preamazónica, y sus reservas naturales especialmente protegidas, como los grandes bosques de Chaco o el Vallegrande, han entrado en los ‘parámetros de inflamabilidad’, lo cual significa que los incendios van a convertirse en un problema endémico en el futuro inmediato. Es más que probable, advierte Juan, que los fuegos en esta zona sean ya una realidad cada temporada.
«El deshielo de los polos, la sequía, la polución o la vulnerabilidad frente a un virus. Son signos de debilidad de la madre tierra»
Esta afirmación tan aplastante como devastadora “les cogió por sorpresa en un país donde cuesta organizarse para crear un dispositivo efectivo de lucha contra el fuego. Nosotros sólo podemos tender la mano y recorrer con ellos caminos que ya pasamos nosotros con la trayectoria histórica de nuestros incendios. Si bien es cierto que el fuego no tiene control, son los seres humanos los que deben saber cómo minimizarlo, y en esas están nuestros vecinos en Bolivia”.
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El equipo ya está de vuelta, con una mezcla de sentimientos, entre la impotencia que siempre provoca ver el fuego comerse un bosque, y la satisfacción del trabajo bien hecho, con cierto toque de esperanza en que la semilla plantada germine poco a poco. “Seguro que los proyectos ilusionantes que hemos hecho allí van a seguir. Pero hay que ir mucho más allá y de todos depende frenar la evolución del cambio climático. Ver agonizar zonas que nunca pensábamos que lo harían, y verlo con mis propios ojos, hace que te replantees tu paso por el planeta. ¿Hasta cuándo nos tolerará nuestra madre tierra estar aquí?”.
Una experiencia de este calibre no hace sino reafirmar el convencimiento de uno mismo de que hay que hacer algo y hay que hacerlo ya. Edgar lo ha vivido y quiere contarlo porque esto, como tantas otras cosas, no es cosa de uno sino de todos. “El deshielo de los polos, la inflamabilidad del amazonas, la extrema sequía de la tierra y su infertilidad, la polución y el cambio de color del planeta azul o la vulnerabilidad frente a un virus. Todos son signos de debilidad de la madre tierra. ¿Cuánto más hemos de hacer para romperlo todo para siempre? ¿Empezamos a cambiarlo?”.
FOTOS: Galería completa del viaje a Bolivia
