![[Img #23376]](http://gentedelasafor.es/upload/images/08_2021/4398_elena_fortun.jpg)
Carmen Martín Gaite, admiradora y estudiosa de Elena Fortún, en el prólogo de Celia, lo que dice afirma que María Lejárraga fue la «verdadera mentora espiritual de Elena Fortún, su Virgilio en el camino de las letras». Celia, el personaje que Elena Fortún creó, es “el personaje infantil más importante de la literatura española” según la catedrática Nuria Capdevila-Argüelles, investigadora de la obra de Fortún.
María Lejárraga —feminista convencida y militante socialista, elegida diputada por Granada en las elecciones de 1933— fue la que animó a Elena Fortún a lanzarse a la escritura y a desechar la idea de meterse a vendedora de aspiradoras Electrolux. Lo que pretendía Fortún con su intención de trabajar era emanciparse económicamente de su marido. Ser libre.
Elena Fortún era el pseudónimo literario de María de la Encarnación Aragoneses de Urquijo. Nacida en la madrileña calle Huertas, fue hija única de Leocadio Aragoneses, alabardero de la Guardia Real y de Manuela de Urquijo y Ribacova, de la nobleza vasca y casada con su padre en segundas nupcias.
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Fue criada por un ama, pues su madre no gozó de buena salud, como le pasó también a ella. Para protegerla por su mala salud y por conciencia de clase, su madre no le permitía jugar con otros niños. Eso hizo que tuviera una personalidad solitaria, soñadora e hipersensible. Elena Fortún se casó a los dieciocho años con un primo segundo, Eusebio de Gorbea y Lemmi, militar y también escritor, con quien tuvo dos hijos. Gracias a las tertulias en su casa de Madrid, Fortún conoció a figuras de la intelectualidad de la época, como la citada María Lejárraga.
Tras dos años en Tenerife, donde escribió sus primeros artículos, vuelve a Madrid. Estudia Biblioteconomía en la Residencia de Señoritas. De estas clases surgió la Asociación Libros, que publicó una revista con el mismo nombre en la que colaboró Fortún junto a Carmen Conde y Ernestina de Champourcín. También se relacionó con el Lyceum Club Femenino. Paralelamente seguía publicando en prensa y trataba temas relacionados con la liberación de la mujer. Por ejemplo, defendió la ilegalización de la prostitución rebatiendo la idea de que era un mal necesario, ya que solo beneficiaba a los hombres.
Animada por Lejárraga, comenzó a publicar en Gente Menuda, suplemento infantil del dominical Blanco y Negro, junto a otras autoras como Magda Donato. Firmaba como Elena Fortún, pseudónimo que sacó del título de la novela de su marido, Los mil años de Elena Fortún.
Tanto Fortún como Lejárraga pensaban que la literatura infantil, «comenzaba a tomar en cuenta el punto de vista de los niños, en vez de considerarlos objetos de sermoneo y de continuas prohibiciones», dice Martín Gaite. A los niños había que escucharlos.
El personaje de Celia de Elena Fortún, en realidad, puede entenderse como una precursora de la «chica rara» que más tarde culminaría en Andrea, la protagonista de Nada de Carmen Laforet, afirma Martín Gaite en uno de los ensayos recogidos en su libro Desde la ventana, de importancia capital para el estudio de la literatura femenina española.
Celia, niña madrileña de rizos rubios —la más preguntona, vívida, rebelde, curiosa e intrépida de las niñas nacidas poco antes de la República—, se coló en las casas de miles de niños que no podían dudar, ni siquiera por un momento, de su existencia.
Los principales acontecimientos de las vidas de Elena Fortún y el personaje de Celia ocurren en la misma época histórica, la primera mitad del siglo XX. A través de Celia, Fortún exploró la subjetividad creadora de la mujer y otras cuestiones de índole feminista que le resultaban importantes desde el punto de vista personal. El problemático papel de la maternidad en una sociedad que empezaba a debatir activamente la emancipación femenina y la importancia de la educación y el saber como medios para regenerar a las personas.
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Cada domingo aparecían las historias de Celia y, además, Elena Fortún escribía cuentos y colaboraba en Cosmópolis, Crónica, Estampa, Semana y otras revistas infantiles. En muy poco tiempo estos relatos la hacen célebre. Su marido queda en un segundo plano y ello provoca sus celos como confiesa Fortún:
Entonces me empezó a odiar Eusebio, que siempre se había dado mucha importancia conmigo.
A pesar del éxito que Elena Fortún fue cosechando desde finales de los años veinte, «el intelectual siguió siendo siempre él», apunta Martín Gaite. Lo de su mujer era «como pintar abanicos».
Fortún abandonó temporalmente a su marido y se fue a vivir con una amiga porque no soportaba la convivencia marital, “decisión que se comentó como ‘una campanada’, aunque supongo que de las que resuenan en sordina” dice Martín Gaite. Mediada la década de 1920, Eusebio de Gorbea tuvo algunas aventuras extramatrimoniales, pero a su esposa no le importaban estas infidelidades porque centraba todas sus energías en su nueva vida intelectual y de autora.
La Editorial Aguilar adquirió los derechos de publicación de los relatos y fue publicando los diferentes títulos bajo el nombre de Celia y su mundo.
En esta época, Elena Fortún conoce a Matilde Ras, introductora de la grafología en España, con la que se carteará hasta su muerte. Ambas formaron parte de la primera generación de feministas españolas con conciencia de grupo y comprometidas con los derechos de las mujeres. Tuvieron una relación intensa y ambas pertenecieron al Círculo Sáfico de Madrid creado por la escenógrafa Victorina Durán en esos años.
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Su correspondencia con Matilde Ras está publicada con el título de El camino es nuestro. Ambas mujeres se comunicaban con mensajes encriptados debido a su situación incómoda e incomprendida en la sociedad de entonces.
Elena Fortún y Matilde Ras debían esconder sus sentimientos y plegarse a las imposiciones de una sociedad intolerante. Las mujeres lesbianas no se nombraban en las leyes porque el régimen franquista no consideraba a las mujeres sujetos de derecho. Hubo represión pero no hay ni siquiera rastro documental.
Elena Fortún, como Celia, necesitaba ser escuchada, precisaba de una voz que la sacase de sus oscuros armarios —el sentimental, el sexual, el familiar, el doméstico—, ya que ella, en vida, nunca se atrevió a salir del todo.
Elena Fortún y Matilde Ras reivindicaron un nuevo papel de la mujer en la sociedad, y se enfrentaron a figuras como Ramón y Cajal, Gregorio Marañón o la misma Pilar Primo de Rivera, quien, desde el falangismo, defendía posturas en la línea del nazismo alemán.
Ellas son los grandes fantasmas de la modernidad española-afirma Nuria Capdevila, para quien – la sociología de nuestro siglo XX y la historia de la literatura no estarán completas hasta que no hayamos incorporado un saber profundo sobre nuestras modernas.
Elena Fortún era una mujer religiosa, aunque alejada del dogmatismo católico, defensora de los derechos de la mujer, en especial de la educación como medio de regeneración femenina. Expresa con firmeza su ideología pacifista, y su deseo de mantener a los niños al margen de cualquier disputa política.
Hoy ya podemos conocer a la verdadera Elena Fortún a través de su novela póstuma Oculto sendero (Renacimiento, 2016). Novela que es su testamento literario y un testimonio confesional sobre su homosexualidad.
Es una de las dos novelas escritas a máquina con tinta morada y encuadernadas que Fortún pidió a su amiga Inés Field que destruyera. Entre esos papeles estaba también en borrador y a lápiz Celia en la revolución.
Son dos los temas de Oculto sendero. Uno es la exploración de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad, abordando su propio lesbianismo, una de las partes de su identidad que vivía como más problemática. El otro, la situación de la mujer creadora en las primeras décadas del xx y la relación entre autoría y emancipación.
Oculto sendero es una proclama feminista, aunque Fortún siempre sintió que, por haber nacido solo una década antes, se había perdido el verdadero movimiento.
La protagonista de esta novela esencial, es el alter ego de Elena Fortún. La autora hará avanzar a su personaje —desde su niñez hasta la edad madura— por un duro camino hasta llegar al autoconocimiento intelectual y sexual. Y todo ello, sin ni siquiera pronunciar (o escribir) la palabra «lesbiana». Elena Fortún rondaba la cuarentena cuando comenzó a escribir este texto y no se manejaban los mismos códigos o conceptos que ahora, y mucho menos las mismas libertades.
Por entonces, la escritora atravesaba un momento importante de su vida: Celia comenzaba a publicarse y empezaba a tener éxito. Por eso consideraba la posibilidad de divorciarse. Pero nunca Elena Fortún dio el paso definitivo. Encarnación Aragoneses Urquijo continuó viviendo su sexualidad en secreto y casada hasta el final. La escritora Elena Fortún mandó quemar Oculto sendero. Y su personaje, Celia, también se casó.
La incapacidad de Fortún de dar a la vida de Celia un final feliz y emancipatorio no puede separarse de la incapacidad de la autora para abrazar la modernidad hasta las últimas consecuencias. Algo muy difícil en su época.
El historiador Vicente Carretón apunta que las relaciones sáficas en estos años
normalmente se entienden como práctica transitoria, no definitiva; es decir, como entretenimiento o juego mientras no se tenga un hombre al lado, lo que equivale a negarle entidad propia a la relación entre mujeres, que no se percibe como una auténtica relación amorosa-sexual.
Al comenzar la Guerra de España, el marido de Fortún, ya retirado, pidió la vuelta al servicio activo y le concedieron la dirección de la Escuela de Automovilismo de Aviación de Barcelona. Ella se quedó en Madrid continuando sus colaboraciones en Crónica. En sus artículos escribió sobre los efectos de la guerra en el día a día de la retaguardia y en los niños. Acabada la guerra, Fortún no se reunió con su esposo hasta unos meses después, en el exilio. Ambos habían estado fuertemente comprometidos con el bando republicano y tuvieron que exiliarse.
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El exilio fue una dura decisión que Fortún tomó por su sentido de responsabilidad hacia su esposo, pese a las presiones de sus amistades y de su editor Manuel Aguilar, que le pedían que se quedara en España. Reprodujo ese conflicto en Celia en la revolución, en el que la protagonista que se ha quedado sola, sigue a su padre tras la guerra.
Tras múltiples peripecias se instalaron en Buenos Aires. Allí pudo empezar una nueva vida gracias a la ayuda prestada por Victorina Durán, que trabajaba como escenógrafa de Margarita Xirgu. En su etapa del exilio en Argentina, trabajó como bibliotecaria gracias a la intermediación de Jorge Luis Borges. En 1948 decidió regresar a España e instalarse en Madrid. Mientras estaba gestionando la vuelta de su marido y regularizando su situación con el régimen, Gorbea se suicidó en Buenos Aires. Él era un general republicano enamorado del teatro para quien la derrota y el exilio resultaron insoportables.
Elena Fortún marchó entonces a vivir a Nueva York con su hijo, pero la convivencia no fue buena y decidió volver a España, instalándose en Barcelona ya que Madrid le traía muchos recuerdos.
Encontró en el periodismo el lugar apropiado para seguir publicando. Así lo dirá en una entrevista concedida a Josefina Carabias. En Barcelona conoció a Carmen Laforet cuando esta dio una conferencia en el Ateneo en la que hablaba de forma amena y divertida de cómo se ocupaba de la literatura cuando los niños dormían y era noche avanzada. Carmen Laforet le confesó que había leído por primera vez las aventuras de Celia a los siete años y ahí comenzó su admiración hacia Elena Fortún y su vocación de escritora. La joven autora jamás hubiera pensado que, veinte años después, la conocería y mantendría con ella una intensa correspondencia, hasta la muerte de Fortún.
De corazón y alma (1947-1952) recoge este epistolario, un testimonio de enorme valor literario y personal, reflejo de una amistad inquebrantable entre dos mujeres que amaban la literatura por encima de todas las cosas. En él ambas confiesan sus dificultades para ser ellas mismas y llevar adelante su tarea de escritoras y madres en una época dura para las mujeres: el franquismo.
Enviadas, en su mayoría, desde el sanatorio Puig de Olena (Barcelona), las cartas están «escritas en su lecho de muerte» y son, según cuenta la hija de Laforet en uno de los prólogos del epistolario, «de una sencillez y profundidad que, a pesar del dolor que contienen, emocionan sobre todo por su belleza». Un cáncer mal diagnosticado llevó a Elena Fortún a la muerte. Gravemente enferma volvió a Madrid donde falleció a los sesenta y cinco años de edad el 8 de mayo de 1952.
Elena Fortún representa la lucha de las mujeres ante un mundo que aún se resiste a cederles el espacio que les corresponde. La suya fue una vida desdichada, marcada por la temprana muerte de su hijo menor y el suicidio de su marido. Y sobre todo por el armario del que no pudo salir nunca del todo por culpa de una sociedad que no conseguía superar ciertos dogmas.
Desde niña, estuvo más interesada por libros y los “juegos de correr”, como ella misma los denomina en su obra, que por los vestidos y las tareas domésticas.
“¡Si yo no quiero ser una madre de familia! Sólo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo”, exclama uno de los personajes tras los cuales se esconde la autora. Pero su condición de “chica rara” fue insuficiente para rebelarse, por lo que tuvo que ceder a las costumbres de una sociedad castrante que no le permitió siquiera comprender su verdadera identidad sexual hasta el final de su vida.
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La enorme importancia de Elena Fortún en la historia de las mujeres la señala la investigadora Nuria Capdevila-Argüelles:
En 1944, Carmen Laforet desestabilizó las convenciones de la novela rosa con Nada. Pero los estereotipos del género ya habían sido desestabilizados en la narrativa de Fortún no solamente a través de Celia sino también y de diferentes formas a través de Patita, Mila, Matonkikí e incluso la madre de Celia.
Como escritora alcanza el reconocimiento tarde en la vida a través de un personaje que le sirve para explorar contradicciones y paradojas que esta subjetividad tardía le causó. Elena Fortún ilumina la problemática causada por el surgimiento de “la mujer nueva” durante el primer tercio del siglo XX.
Las mujeres, cautamente, fueron diseñando estrategias para lograr posiciones más cómodas para ellas. Celia fue una de estas estrategias. Su creadora la hizo recipiente de la confusión que sentía ante su ambigüedad personal, sus ambiciones y su éxito.
