Desde los márgenes. (I) Activistas y periodistas

Ampara, pero ampárate primero.

Guarda las distancias.

Constrúyete. Cuídate.

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Atesora tu poder.

Defiéndelo.

Hazlo por ti.

Te lo pido en nombre de todas nosotras.

 

 

«Gente» comienza una serie de mujeres «Pioneras: rebeldes, cultas y comprometidas» extraidas de la conferencia que impartió Agustina Pérez el 6 de febrero de 2018 dentro de las III Jornadas de Memoria Democrática.

 

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La historia la escribe el poder. Y los hombres lo han tenido secularmente, siendo dueños de cultura y saberes. 

 

 

Las mujeres han sido silenciadas, convertidas en seres invisibles y olvidadas. Su historia ni siquiera se escribió.

 

 

Se silenció a más de la mitad de la humanidad, en nombre de lo que Simone de Beauvoir llamó pensamiento binario. En él, uno de los términos -el masculino- se toma como referente a sí mismo y se concede el derecho a definir al otro -el femenino- según su conveniencia: me interesa, me agrada como hombre, luego es lo mejor para la mujer.

 

 

El mito del patriarcado se inventó una mujer inferior al varón moral, intelectual y físicamente. Esto ha sido así a lo largo de los siglos, con variaciones determinadas por la época, el lugar o los individuos.

 

 

Pero la consideración de las mujeres osciló siempre entre la más cruel de las misoginias, que las quemaba por brujas, o las actitudes más benévolas del paternamismo y la condescendencia. Ni siquiera la Revolución Francesa incluyó a las mujeres en su concepto de ciudadanía, como denunció Olympe de Gouges que murió guillotinada por ello.

 

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A pesar de todo, siempre hubo mujeres que se negaron a cumplir el estricto papel secundario que les había impuesto el patriarcado. Y desde comienzos del siglo XIX, republicanas, librepensadoras, masonas y libertarias se unen para exigir los derechos elementales que corresponden a las mujeres por el mero hecho de ser personas. 

 

 

Lucharon desde fuera del sistema que las discriminaba pero siempre fueron protagonistas frente a una injusticia secular que las negaba.

 

 

En este camino de más de un siglo, se hicieron fuertes, se culturizaron, aprendieron a resistir para hacer verdaderas las palabras de Sébastien Faure: “Las realidades de hoy habrán sido utopías del ayer; la utopía de hoy será la realidad del mañana”.

 

 

Imposible entender la ola de libertad que reconoció a la mujer como ciudadana de pleno derecho en la II República, sin conocer las bases en las que se hunde la lucha por los derechos femeninos. Antes incluso de que se empezara a hablar de feminismo.

 

 

Estas pioneras decimonónicas, en España, superaban el mero sufragismo y luchaban por transformar las condiciones de la vida cotidiana y laboral y sobre todo por el acceso de la mujer a la educación.

 

 

Porque ellas eran los rebaños de la miseria. Desheredadas con sólo dos opciones: semiesclavitud de criadas y obreras por un plato de comida o jornaleras del campo, aún más explotadas.

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Ya en 1828, las cigarreras, primeras mujeres en incorporarse a las fábricas e inmortalizadas por Pardo Bazán en su novela La tribuna, lucharon por el derecho de ciudadanía y por los cambios laborales.

 

 

Fundaron las Hermandades de Socorro Mutuo y crearon guarderías y salas de lactancia dentro de las fábricas. Accedieron a la cultura que se les negaba, de la mano de los Clubs Republicanos, y representaron la esencia de lo que hoy llamamos activismo social.

 

 

Y mujeres también fueron las que lideraron las protestas contra la escasez a comienzos del siglo XX.

 

 

Las obreras convocaron la Huelga General catalana en 1902. La Huelga General de 1913 la siguieron 20.000 mujeres de un total de 27.000 personas. Y la gran protesta de mujeres de 1917, para pedir abastecimiento de víveres, acabó con una sentada en la Plaza de Cataluña que no se atrevió a levantar ni la Guardia Civil.

 

 

Así mismo, la lucha de las obreras textiles y las alpargateras de Elche consiguió el logro histórico de tener participación en las sociedades. Cuando les era un terreno vetado.

 

 

En paralelo a la lucha en fábricas y calles muchas mujeres consideraron el periodismo el medio más adecuado para difundir sus ideas liberadoras, aunque muchas se vieron obligadas a escribir con seudónimo masculino. Más de mil mujeres se dedicaban al periodismo en estos años.

 

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Amalia Domingo, autodidacta, cultísima y casi ciega fue un referente que escribió más de 2.000 artículos.

 

 

Y dos mujeres fundaron y dirigieron El Pensil Gaditano, periódico difusor de las ideas liberadoras femeninas. Perseguidas y acosadas, acabaron sin empresa y sobreviviendo como costureras.

 

 

Mejor suerte tuvo la periodista, activista y primera mujer reportera de guerra, Carmen de Burgos, conocida como Colombine. Tras abandonar a un marido violento que la maltrató durante 17 años, se hizo a sí misma sin temer a nada ni a nadie. Se codeó con la intelectualidad de la generación del 98 y fue pareja de Gómez de la Serna.

 

 

Así la describe este, como recoge Federico Utrera en Memorias de Colombine, la primera periodista:

 

 

Carmen, con su sombrerito triste y con su hija siempre en brazos, hizo sus estudios de maestra superior y ganó sus oposiciones a Normales, escribiendo, mientras, artículos por todos lados. […]

Mujer liberada, colmada de sensatez, generosa, modesta, natural e imperiosa. Sólo ante ella he podido respirar libre.

 

 

Colombine realizó la primera encuesta ciudadana sobre el divorcio y fue cruelmente atacada por la Iglesia  y la prensa conservadora. No se arredró e inició una ferviente campaña por el voto y la igualdad. Así escribe, en abril en 1904, en el Diario Universal:

 

 

Es intolerable que la madre no tenga dentro de la familia los mismos derechos del padre, y que la mujer casada no tenga el de administrar libremente sus bienes y el pleno uso de los derechos civiles considerándola siempre como una menor sometida a la tutela del marido.

 

 

[Img #27927]Autora prolífica y de calidad, su obra Puñales de sangre se considera precedente de la obra de Lorca Bodas de sangre. Escribió más de cien novelas, traducciones del francés e investigaciones sobre Larra.

 

 

Carmen de Burgos murió como había vivido, apasionada y satisfecha por ver hecho realidad su sueño con la llegada de la II República. Sufrió un infarto en 1932, tras un mitin republicano, y sus últimas palabras según la necrológica de la Libertad, el 9 de octubre de 1932, fueron para la República:

 

 

Fue su último aliento, en la agonía, para abrasar sus labios, que la muerte pretendía helar, con un viva a la República. Momentos antes de fallecer dijo: Muero feliz porque muero republicana. Griten, amigos, conmigo: ¡Viva la República!

 

 

Franco incluiría el nombre de esta mujer valiente en la lista de autores prohibidos junto a Zola, Voltaire o Rousseau. Sus libros desaparecieron de bibliotecas y librerías. Era rebelde y lúcida, luego peligrosa. Y aún hoy es poco conocida.

 

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