Un padre relata el presunto intento de agresión sufrido por su hija de 14 años. Después, un político convierte ese testimonio en «la voz de la Gandia real». Entre una cosa y otra debería existir espacio para algo que últimamente parece molestarnos: comprobar, contrastar y contextualizar.
Hay vídeos que preocupan por lo que cuentan. Y otros que, además, deberían preocuparnos por la forma en que utilizan aquello que cuentan.
Estos días he visto uno en el que un padre relata que su hija de 14 años fue perseguida cuando regresaba a casa. Según su testimonio, un hombre que circulaba en patinete comenzó a seguirla, a increparla y acabó intentando agarrarla. La niña consiguió escapar y llegó a casa aterrorizada.
No tengo ningún motivo para cuestionar el miedo de esa niña ni el sufrimiento de su padre. Si ocurrió como se relata, espero que se investigue, se identifique al responsable y responda por sus actos.
Mi problema con el vídeo empieza después.
Cuando termina el testimonio aparece el portavoz del Partido Popular de Gandia, Víctor Soler, y afirma: «Señor alcalde, eso no es alarmismo ni mentiras, es la voz de la Gandia Real». Después habla de «lo que pasa en nuestras calles» y de convertir Gandia en una ciudad más segura.
Ahí dejamos de estar únicamente ante el relato de una familia. Estamos ante comunicación política.
He intentado contrastar el caso. En el momento de escribir estas líneas no he encontrado ninguna comunicación pública de Policía Nacional o Policía Local que confirme los hechos concretos relatados. Eso no significa que no hayan ocurrido ni que la denuncia de la que habla el padre no exista. Significa exactamente eso: que no he encontrado todavía confirmación pública independiente.
Y entre «no puedo verificarlo» y «es mentira» existe una distancia enorme.
La única información que he encontrado sobre este caso procede, por ahora, de Gandia Zoom. Pero tampoco puedo considerarla una segunda confirmación independiente: su publicación parte del mismo testimonio del padre y del mismo vídeo difundido por Víctor Soler.
Y reconozco que con este medio soy especialmente prudente. Hace apenas unas semanas publicó que Gandia «se ofrece a acoger menores migrantes procedentes de Ceuta». Entonces dejé escrito en sus propias redes que, si aquella información resultaba falsa, rectificar no debería ser una opción sino una obligación, especialmente cuando un titular puede alimentar miedo, rechazo y crispación. Días después, el propio gobierno municipal negó que Gandia hubiera realizado tal ofrecimiento.
No traigo aquel episodio para afirmar que este nuevo relato sea falso. No lo sé. Precisamente de eso estoy hablando. Lo traigo porque cuando un medio ya ha presentado como hecho consumado una afirmación política que después fue negada por el propio gobierno municipal, creo que exigir una segunda fuente antes de dar por acreditado otro relato sensible no es desconfiar. Es aplicar una regla bastante antigua del periodismo: contrastar.
Hay además una palabra en el relato que parece adquirir una importancia especial: «marroquí».
Si aquel hombre hizo lo que se cuenta, el problema es que un adulto persiguió, acosó e intentó agarrar a una niña de 14 años. No que fuera marroquí.
La nacionalidad de un presunto agresor puede ser un dato de un atestado. Lo que no puede ser es una estadística.
Mi mujer trabajaba de noche en Gandia hace treinta años. Salía de madrugada y recuerda perfectamente esa sensación que tantas mujeres conocen: escuchar unos pasos detrás, acelerar, volver la cabeza y procurar llegar cuanto antes a casa.
Hace treinta años.
No se preguntaba si aquellos pasos eran españoles, marroquíes o franceses. Tenía miedo porque era una mujer caminando sola de madrugada y sentía a un hombre detrás.
El miedo de las mujeres no llegó a Gandia con la inmigración.
Y precisamente por eso he ido a los datos.
Las cifras oficiales del Ministerio del Interior tampoco permiten construir una Gandia a nuestra conveniencia. La criminalidad convencional aumentó en 2024. En 2025 ese crecimiento prácticamente se frenó, con un incremento del 0,6 %. Y los últimos datos disponibles, correspondientes al primer trimestre de 2026, muestran un ligero descenso: la criminalidad convencional bajó un 1 % respecto al mismo periodo del año anterior.
¿Significa eso que Gandia no tiene problemas de seguridad? No.
Significa que la realidad es más compleja que un vídeo.
Hay delitos que aumentan y otros que disminuyen. Hay sucesos terribles. Hay víctimas para quienes una estadística importa bastante poco porque lo que les ha ocurrido representa el cien por cien de su realidad.
Pero un caso demuestra un caso. No demuestra una tendencia. Y mucho menos demuestra una relación causal entre inmigración y delincuencia.
Porque manipular no siempre consiste en mentir. A veces basta con seleccionar.
Si escogemos únicamente cada robo o agresión presuntamente cometido por un extranjero y los colocamos uno detrás de otro, construiremos una Gandia. Si escogemos únicamente playas llenas, inauguraciones, conciertos y cifras turísticas, construiremos otra.
Ambas estarán hechas con hechos reales.
Y ambas pueden ser profundamente engañosas.
Por eso me cuesta aceptar que alguien me presente «la Gandia real».
Yo también vivo aquí.
Mi Gandia abre comercios cada mañana, lleva a sus hijos al colegio, trabaja en hoteles, restaurantes, hospitales, tiendas y polígonos. Se queja, discute, celebra, protesta y convive cada día con personas nacidas aquí y a miles de kilómetros de aquí.
Esa también es la Gandia real.
Como lo es una niña que llega aterrorizada a casa después de sentirse perseguida.
Una realidad no elimina la otra.
Si la criminalidad aumenta, quiero saberlo. Si hacen falta más policías, quiero que se exijan. Si existen zonas con problemas de seguridad, quiero que se actúe. No escribo esto para defender a quien gobierna. Exigir seguridad también es querer a Gandia.
Pero hay algo que me pregunto cada vez que escucho a Víctor Soler hablar de nuestra ciudad. Él mismo ha manifestado su intención de ser alcalde de Gandia. Y precisamente por eso me cuesta entender una forma de querer gobernarla que pasa tantas intervenciones públicas dibujando una ciudad insegura, degradada o permanentemente al borde del desastre.
La oposición tiene la obligación de señalar lo que no funciona. Faltaría más. Pero quien aspira a gobernar Gandia debería ser consciente también de que sus palabras no terminan en la frontera del término municipal. Las escucha quien vive aquí, pero también quien está pensando en venir, pasar un fin de semana, invertir, abrir un negocio o elegir Gandia para sus vacaciones.
A fuerza de intentar convencer a los gandianos de que vivimos en una ciudad cada vez peor, quizá acabemos convenciendo también a quienes estaban pensando en venir.
Gandia tiene problemas, claro que los tiene. También tiene virtudes, contradicciones y realidades que no caben en un minuto y medio de vídeo.
Por eso, cuando alguien me habla de «la Gandia real», prefiero mirar también aquello que ha decidido dejar fuera.
Porque querer una ciudad también debería consistir en mejorar lo que está mal sin destruir, por el camino, la imagen de todo lo que está bien.
Iñaki Léonard
