Gandia culmina la transformación de 182 viviendas de los años sesenta con fondos Next Generation, mientras la oposición prefiere hacer ruido con las molestias de la obra.
Hay proyectos que se anuncian y proyectos que se terminan. La rehabilitación de las “Cases dels Ferroviaris” pertenece a la segunda categoría. Las obras en este conjunto de 182 viviendas del distrito de Corea, levantado en los años sesenta, están concluidas. Solo faltan los últimos remates y subsanaciones, y basta un paseo por la zona para comprobar que el antes y el después no admiten comparación.
La actuación no ha sido cosmética. Se han reparado elementos estructurales y eliminado los elementos de fibrocemento. Las fachadas tienen ahora un sistema de aislamiento térmico, se han sustituido las ventanas y se ha incorporado aerotermia para el agua caliente. En la vida cotidiana, eso significa casas que retienen el calor en invierno y el fresco en verano, facturas de luz más bajas y una dignidad residencial que muchas de estas familias llevaban décadas esperando. Además, se han mejorado calles como Cardenal Cisneros, Poeta Lorente o Perú. La calle Calderón de la Barca, ya abierta al tráfico, se ha remodelado con aceras nuevas, alumbrado, mobiliario urbano, zonas verdes y arbolado.
Conviene detenerse en cómo se ha hecho posible. La inversión en Ferroviaris roza los seis millones de euros: 5,3 para las viviendas y el resto para la humanización de Calderón de la Barca. El 82% procede de fondos europeos, Ayuntamiento y Generalitat. Pero el dinero de los Next Generation no llega de forma espontánea. Exige proyectos técnicamente sólidos y un compromiso verificable: alcanzar un 45% de mejora en eficiencia energética. No es un objetivo orientativo, sino una condición sin la cual no hay subvención. Eso obliga a intervenir a fondo en el perímetro envolvente, carpinterías e instalaciones, y coordinar a propietarios, técnicos y administraciones en plazos exigentes. Gandia es, en términos absolutos y relativos, la ciudad de la Comunitat Valenciana que más fondos europeos ha captado para rehabilitar vivienda. No es casualidad, sino el fruto de una gestión que ha llegado a tiempo y con los deberes hechos.
Ferroviaris, además, no es una actuación aislada. Forma parte de una estrategia que incluye la calle Safor (139 viviendas) y Benicanena (32). En total se actúa sobre más de 350 hogares con una inversión conjunta de 10,4 millones, y todo, calles incluidas, debería estar terminado a finales de octubre. A ello se suman las áreas de regeneración del Raval y de Beniopa-Plaza Elíptica, y la mejora de 16 edificios por iniciativa privada, con 519 viviendas y otros 14 millones. Son cerca de 25 millones entre dinero público y privado. La vivienda es hoy la gran preocupación ciudadana, y Gandia recuerda que el problema no se resuelve solo construyendo, sino también cuidando el parque que ya existe. Otras ciudades harían bien en tomar nota.
Nada de esto ha sido sencillo para los vecinos. Rehabilitar edificios con las familias dentro supone andamios frente a las ventanas, ruido, polvo, cortes puntuales y meses de incomodidad. El malestar es comprensible y legítimo. El propio gobierno municipal ha reconocido esas molestias y ha agradecido públicamente la paciencia del vecindario. Es lo mínimo, es lo correcto.
Por eso resultan tan decepcionantes las declaraciones del portavoz del PP en Gandia, Víctor Soler. Fiscalizar es una función imprescindible de cualquier oposición, pero convertir el cansancio de unas familias en munición política es otra cosa. Presentar las incomodidades de una obra de esta envergadura como un escándalo, sin ofrecer una sola alternativa para rehabilitar 182 viviendas sin molestar a nadie, no es control del gobierno: es chatarra, es ruido. Y con el ruido no se aísla ninguna fachada ni baja ninguna factura.
Cabe preguntarse, con todo el respeto, qué propone el señor Soler. ¿Renunciar a los fondos europeos como ha hecho la Alcaldesa de Valencia? ¿Realojar durante meses a los vecinos de 182 viviendas, con el coste que eso supondría? ¿Rebajar la exigencia técnica y poner en riesgo el 45% de eficiencia y, con él, la financiación? Ninguna de esas opciones resiste un análisis serio. La oposición útil vigila plazos, exige transparencia en las adjudicaciones y reclama que las subsanaciones pendientes se resuelvan con diligencia. Ahí el portavoz popular encontraría un terreno fértil y un vecindario agradecido. Lo que no ayuda es alimentar la idea de que las obras han sido un castigo, cuando el resultado habla por sí solo.
Los vecinos de Ferroviaris no necesitan que nadie amplifique su cansancio. Necesitan que las obras terminen bien y que sus casas duren otros sesenta años, y eso está a punto de lograrse. Gandia ha demostrado que la voluntad política, la capacidad técnica y los fondos europeos, juntos, convierten la rehabilitación en una realidad habitable y no en una promesa electoral. Sería deseable que todos los grupos municipales, también el Partido Popular, estuvieran a la altura de ese esfuerzo.
