Poca gente le conoce como Francisco. Para sus alumnos es el mestre Paco, el nombre de su abuelo y del cual se siente muy orgulloso.
Entrevistamos a Francisco García, fundador y alma de Gandia Surf: «He viajado mucho y no he encontrado ninguna playa que se parezca a la nuestra, la de Gandia».
- ¿Qué ha sido, qué es y qué será Gandia?
Gandia ha sido su alma, el germen, el embrión donde todos empezamos a practicar un deporte que nos volvió locos: el windsurf. En esa época no había ni Instagram ni teléfonos móviles, y la televisión era difícil de captar. No estábamos influidos por nada externo, éramos los que éramos, y no había muchas alternativas deportivas.
Cuando la gente tocaba la vela, se enamoraba, porque sentía una sensación de libertad y de control sobre una embarcación, en un medio tan especial como el agua. El windsurf es muy autónomo: una tabla, una vela y un trozo de playa. Salías donde querías y navegabas libremente, como un rey con su barco. Siempre lo digo: los fundamentos son los mismos.
Empezamos a crear vínculos y amistades muy fuertes, con mucho cachondeo, el típico humor valenciano. Era como una pandilla de verano con un objetivo: practicar un deporte que nos llenaba. Ese deporte fue evolucionando a la par que en Hawaii, Estados Unidos y el norte de Europa surgían nuevas influencias. Pasamos de tablas grandes, con velas grandes, a tablas pequeñas para saltos y piruetas.
También evolucionamos en lo empresarial, adaptándonos a la demanda turística. Compramos catamaranes porque la gente los pedía y ampliamos la oferta. El windsurf perdió algo de fama porque, al final, son modas: llegaron deportes como el kitesurf, más cómodos y emocionantes, y el windsurf se estancó un poco. Aun así, seguimos ofreciendo nuevas disciplinas, como wingfoil o paddle surf, y tuvimos escuela de kitesurf, aunque luego la tuvimos que cerrar por problemas logísticos.
Hoy en día, lo que realmente funciona son los niños. Aplicando estrategias de mi experiencia docente, creamos una escoleta de verano náutica a precios accesibles. Están en un medio natural, con mar y arena, y funciona muy bien. Enseñamos seguridad, normas medioambientales y promovemos la formación deportiva. Tenemos la bandera azul de la AEAC para escuelas de vela, un reconocimiento a nuestro esfuerzo medioambiental y educativo.
El éxito, creo yo, se ha basado en ese parón que había en invierno: luego retomábamos la actividad con muchas ganas. Ahora se intenta desestacionalizar la temporada turística, para que el club náutico opere todo el año. Ese descanso de antes ayudaba a recargar energía, sol y motivación, que en este trabajo se necesita mucho.

- ¿Cómo intentas convencer, o es que realmente quieres convencer, de que los deportes náuticos no son solo para el verano?
Pues con la pasión. Es una lucha, porque no puedes competir con el fútbol, con deportes mayoritarios, ni con la comodidad de los padres que tienen el campo de fútbol a dos minutos en coche. La clave es la pasión: cuando la gente prueba el surf, por ejemplo, realmente se empapa de los valores del deporte. Estar en ese medio en pleno invierno, con el sol saliendo, es algo que no se olvida nunca. Te levantas por la mañana, vas a surfear, hace un frío que pela y luego vas a trabajar, pero lo haces lleno, satisfecho, con energía.
Y si no te quieres mojar, la vela tiene muchas posibilidades. El que prueba la vela se enamora. No sé qué tenemos dentro, quizá es un instinto heredado de nuestros antepasados, griegos, fenicios… algo en nuestro ADN que nos hace disfrutar navegando. Cuando la gente lo prueba, piensa: “Ostras, ¿y esto por qué no lo he probado antes? ¿Dónde estaba?” Ese convencimiento, al final, tiene que venir de cada uno. Por eso hacemos jornadas de puertas abiertas para determinados colectivos.
Luego, la gente que se queda navegando, haciendo windsurf o vela, tiene que ser tenaz, perseverante. Aprender windsurf cuesta un poquito: tenemos cursos de cinco días, pero en dos días ya puedes navegar. Sin embargo, progresar para poder manejar vientos fuertes y olas grandes es un trabajo de media vida. El que persevera se lleva un premio gordo: disfrutar de un buen día en el agua. No es tan simple como coger una pelota y hacer un dribbling; es más complicado, requiere constancia y disciplina.
- ¿Cuántos deportes de vela has practicado?
Todos los que hay. Tengo esa obligación de alguna manera. Ahora hacemos kitesurf, windsurf en todas las modalidades…

- ¿Cuál fue el primero? ¿Y el último?
El primero fue el windsurf. Nos enamoró a todos; no puedo describir las sensaciones, eran mágicas. Y el último es el wing foil, esa tablita con un ala debajo y una cometa pequeña en las manos, sin hilos. Te impulsa y subes por encima del agua. Tiene un punto especial: se hace silencio. En todos los deportes de vela notas el agua golpeando contra la tabla o el casco, pero en el wing foil, al levantarte, no hay rozamiento; es un momento muy especial.
- ¿A cuántos países o cuántas zonas de España has viajado? Supongo que para practicar este deporte y para ver cómo lo hacen en otros sitios.
Siempre que viajo busco escuelas de surf, escuelas de vela… incluso me apunto a cursos para ver cómo lo hacen y coger ideas. Con esa curiosidad siempre voy. Pero no solo eso: también observo las playas, miro su calidad y cómo funcionan en otros sitios.
Haciendo un inciso, debo decir que he viajado mucho y no he encontrado ninguna playa que se parezca a la nuestra, la de Gandia. Por todo: la extensión de arena, la calidad, la limpieza. Los servicios de limpieza se esfuerzan en mantener la playa segura. El fondo es progresivo, así que los niños pueden estar perfectamente como en un lago, nadando con los pies en el mar. No hay fango como en otras playas, ni arcilla ni polvo; es una arena muy noble que se quita en un momento.
He viajado mucho, dentro y fuera de España, para navegar. Tarifa, la Manga… siempre hay sitios. Y fuera de España, también. Estuve navegando en Australia, en las playas de North Sydney.
- ¿Crees que los que somos de Gandia valoramos suficientemente nuestra playa?
Nadie valora lo que tiene. Es una pena, es un defecto del ser humano: una vez lo tienes, parece que es solo tuyo. Deberíamos salir cada día a ver cómo sale el sol, a pisar descalzo la arena. Yo, cada año, cuando me quito las chanclas por primera vez tras el invierno y piso la arena, digo: “Ya estoy en casa.” Es una sensación que reconforta mucho.
Deberíamos valorar pasear por la playa en invierno, porque es un espacio increíble. Fíjate que es muy diferente pasear por el paseo marítimo a hacerlo por la orilla del mar. Cuando notas que el mar te habla con cada olita que te llega, empiezas una conversación con él, y eso reconforta.
Ahora bien, en cuanto a si valoramos o no, nos gusta mucho criticar, pero nadie parece agacharse a recoger un papel. Muchos piensan: “Ya lo recogerá el servicio de limpieza.” Y cuando hay cañas o algas, se quejan, sin entender que es un aluvión natural que ha existido durante siglos. Si tenemos el privilegio de que nos lo limpien, estupendo; si no, no pasa nada, se enterrará y servirá de sustrato para gusanos, que luego comerán la dorada o el cangrejo.
Lo valora más quien lo descubre por primera vez. He visto la cara de la gente cuando llega a la playa: rusos, ucranianos, checos, ingleses… ojos abiertos de admiración. Esta playa no la conocíamos, nos ha gustado mucho, no sabíamos que tenía esta calidad. Sin embargo, los que estamos aquí no la valoramos como deberíamos. Deberíamos saber qué tenemos y ponerlo en valor. Cada uno debería ser embajador de la playa, mostrarla al extranjero, en redes, enseñar su belleza.
Tengo un amigo que trabaja en China y tiene unos apartamentos al final de la playa. Alquila los apartamentos y no para de hacer vídeos enseñando el entorno natural. La gente se sorprende: pensaban que Gandia era un mogollón de gente, un núcleo insoportable, y descubren un espacio increíble.
- Van a renaturalizarla.
Sí, con eso ganaremos una joya. Pero me da pena porque van a quitar muchos árboles y los destruirán. Pondrán vegetación autóctona, más árida, y el ambiente cambiará. Pero, bueno, según los técnicos, toca así. Será una joya, una de las últimas zonas verdes naturalizadas que quedan en el Mediterráneo. Gandia debe saber vender esa joya, tanto desde los departamentos correspondientes como cada ciudadano.
- Si alguien ha visto con sus propios ojos cómo ha evolucionado el turismo en Gandia, es alguien con una empresa de cuatro décadas. ¿Cómo ha cambiado el turismo?
Hay que adaptarse. Lo he visto y lo he hablado con mucha gente, muchos turistas. Yo siempre soy curioso y les pregunto: “¿Qué os parece? ¿Por qué habéis venido?” Cuando éramos más jóvenes, había mucho más turismo nacional e internacional, con gente de mayor poder adquisitivo. Aquí siempre ha habido una mezcla, pero sí venía gente con recursos, y eso arrastraba a otros.
Se hicieron foros, se consultó a técnicos y profesores de la universidad, pero nadie ha visto la playa como yo, levantando la cabeza y observando con un criterio personal. Por eso tengo mi opinión: había un tirón de turistas nacionales e internacionales, sobre todo nacionales con recursos. Por ejemplo, Santiago Calderón y otros compraban chalets caros y atraían a más gente de distintos niveles económicos. Esa gente desplazó a otros turistas que, si no tenían apartamento propio, se marcharon a Cádiz o a las islas, porque el coste era más alto.
Después, la gente que permaneció consolidó la residencia aquí, trasladando su vida desde Madrid, Albacete, Ontinyent… Su principal proveedor era Mercadona, porque no salían mucho a cenar, aunque siempre había un pequeño porcentaje que podía permitírselo varias veces a la semana. Eso fue el modelo de sol y playa de los años 90.
A partir de 2000-2001, los departamentos de turismo decidieron romper ese modelo de sol y playa. Querían ofrecer más actividades para que los turistas tuvieran alternativas de ocio y también generaran ingresos. Así se consolidaron nuevas formas de disfrutar la playa.
Una curiosidad: los dueños de las empresas no querían pasar las vacaciones donde estaban sus trabajadores, lo que, de alguna manera, afectó a la dinámica del turismo. Los extranjeros venían por el color, el ambiente y la diversión. Pero, al ver menos servicios o que bajaba la calidad, buscaban otros destinos. Si un lugar no mantenía la oferta, probaban sitios cercanos como Denia. La arquitectura, con sus casitas y el puerto pesquero, también influía mucho en la percepción del visitante.
La arquitectura hace muchísimo. Esos bloques de edificios no son atractivos para un europeo; sí lo son para un ruso, porque se ha criado en ciudades con bloques similares. La arquitectura también influyó mucho al principio. Lo que parecía que iba a ser “Nueva York” o “Benidorm” fue un repulsivo para los extranjeros que buscaban calidad estética.
Ahora, curiosamente, la gente está empezando a volver porque aprecia la calidad. La construcción del paseo peatonal fue un acierto enorme. Ves calidad en primera fila y también en segunda. Falta rematar cosas, pero hay avances.
Por ejemplo, el año pasado vino un madrileño que no venía desde hacía años y me dijo: “Gandía sigue igual, se podría rodar un episodio de ‘Cuéntame’ aquí.” Con todos los hoteles que se cobran por la playa, se debería dar un impulso a las calles interiores y chalés de la zona, porque es una mina.
- Nos fijamos mucho en la primera línea, pero hay que mirar también más allá.
Exacto, segunda y tercera línea. La universidad también fue un acierto. Me comentaron que se podría haber hecho algo similar con el Palacio de Justicia, al final de la playa, para crear otro núcleo de interés.
Lo que está pasando ahora es curioso: los dueños de apartamentos se han jubilado, y los hijos que corrían de un lado a otro ahora tienen sus propios hijos. Vienen una o dos semanas, van al Mercadona, dejan a los niños con los abuelos y luego se van a Ibiza, Cádiz o Formentera. No consideran Gandia como lugar de vacaciones principal, y es una pena, porque esto tiene 20.000 veces más valor que muchas calas de esas islas.
Los extranjeros sí están viniendo y apreciando la calidad. Hay empresas de alquiler de apartamentos muy potentes.
- Entiendo que estás en contra de que vuelvan a circular coches en primera línea.
Sí. Lo que habría que hacer es una segunda línea de circulación operativa y buena, pero mantener la primera línea peatonal. Para mí es un inconveniente porque tengo que moverme por las calles de atrás, pero es un avance para la seguridad de todos.
Además, la primera línea no necesariamente perjudica a los negocios: se podrían organizar trenes turísticos o autobuses que recorran toda la primera fila, permitiendo que los visitantes vean toda la playa gratuitamente. Incluso se podrían incluir museos o espacios culturales.
- Relevo generacional.
Mis hijos están involucrados. Mi hijo ha estudiado todas las titulaciones; me supera en formación. Son jóvenes todavía y hay muchísimas variables, pero tengo confianza absoluta. Uno es ingeniero y quizá viva su vida, pero el otro tiene toda la preparación que considero necesaria. Todos los días hablo con ellos, les explico errores y soluciones, y estoy ahí para guiarlos. Espero que retomen el proyecto.
De todas formas, esto es una licitación, una concesión: puede venir alguien con más capital o ideas nuevas y quedarse con la unidad sur. Es así de cruel.
Llevo 40 años, nunca se había interesado nadie, pero ahora hay gente que ve 30 niños practicando y piensa: “Esto es un chollo.” Pero no ve los 50 monitores dados de alta, el balizamiento, el esfuerzo en técnica infalible, el movimiento de contenedores… Todo eso solo lo ve quien está dentro.
Cuando éramos jóvenes había más escuelas; amigos montaban escuelas por curiosidad, pero duraban dos o tres veranos y se agotaban. Es un trabajo muy exigente.
- ¿Qué le dirías a alguien que se siente atraído por los deportes de vela, pero que piensa: “Soy muy patoso, seguro que me caigo el primer día, esto es muy difícil”?
Le diría que mire la diversidad de quienes hemos pasado por allí; las habilidades son muy variadas. Igual eres patoso para un dribbling, pero tienes talento para percibir el viento en un barco o maniobrar una tabla de windsurf. Es una capacidad que solo descubres probando.
Como profesor de educación física, animo a todo el mundo a practicar deporte: siempre hay un deporte para ti, y en náutica también. Necesitas constancia y tenacidad.
El más fácil es el paddle surf. Incluso quienes son “patosos” pueden disfrutarlo: les pongo tablas blanditas, de rodillas, y salen encantados. Con un día bueno, se ponen de pie, reman y ya logran pequeños saltos. En una mañana lo consiguen. Es una forma de acercar a la gente al mar. Hubo un bajón en el windsurf y la gente se alejaba del mar, pero necesitan acercarse cuando hace buen tiempo.
Así que le diría a ese “patoso” —sin usar ese nombre— que siempre hay un deporte náutico esperándole. No lo dude: la satisfacción ambiental y física que obtendrá es enorme.
